Accueil > Du coté de la théorie/Around theory > Jacques Camatte y el eslabón perdido de la crítica social contemporánea

Jacques Camatte y el eslabón perdido de la crítica social contemporánea

Une présentation et introduction à l’oeuvre de Camatte par Fédérico Corriente traitant de nombreux sujets, certains très contemporains.

Il s’agit, d’après le camarade qui nous a signalé ce texte en espagnol, d’un panoramique à partir de Camatte des courants de l’ultra-gauche qui inclut à Critique radicale de la Valeur (Postone, Jappe, Krisis,etc…), Endnotes et Théorie Communiste ( courant « communisateur »), Dauvé, Trop Loin, etc…

Jacques Camatte y el eslabón perdido de la crítica social contemporánea

La obra de Jacques Camatte, que desde 1968 viene publicándose en las sucesivas series de la revista Invariance[1], asombra tanto por la extensión, la riqueza y la variedad de su temática como por la escasa difusión de la que a primera vista ha gozado. Por sí sola, la serie I de la revista, consagrada en gran parte a una colosal tarea de divulgación y análisis de escritos inéditos o inasequibles del joven Marx y de las izquierdas comunistas que rompieron con la IIIª Internacional (el KAPD alemán, Gorter, Pannekoek, Bordiga), bastaría para otorgar a Invariance y a su principal animador un lugar muy destacado en el panorama de la crítica social contemporánea. Si a esto le añadimos el extenso e innovador estudio sobre el célebre Capítulo VI inédito del Libro I de El Capital publicado por aquellos años en las páginas de Invariance bajo el título Capital et Gemeinwesen, además de pormenorizados y exhaustivos análisis sobre la historia del movimiento comunista, la evolución del capitalismo contemporáneo y los movimientos de revuelta social más importantes de la época, la perplejidad y el asombro ante el desconocimiento que rodea a Camatte no pueden sino aumentar. Dejando a un lado el papel que pueda haber desempeñado la incomprensión pura y simple de sus escritos, todo apunta a que el origen de este clamoroso silencio radica en su implacable análisis de la lógica que domina los «racketts»[2] militantes y su crítica no menos terminante de la política, contenidos en textos tan esclarecedores como « Mai-Juin 1968 : théorie et action (1968) », « Perspectives » (1969), « De l’organisation » (1969) o « Transition » (1970). Por si fuera poco y como motivo añadido de censura, estos escritos, ya de por sí muy polémicos, fueron los primeros pasos de un recorrido que, lejos de conducir a Camatte a una «reafirmación del programa proletario», le llevaron a proclamar su caducidad y a explorar no sólo las «vías muertas» olvidadas de los procesos revolucionarios del siglo xx, sino también la dimensión comunitaria de todo el pasado de la especie humana.

Con todo, y a pesar del rechazo que han suscitado algunas de sus conclusiones más heterodoxas, lo cierto es que la influencia de Camatte ha sido amplia y muy variada. Toda la «ultraizquierda» francesa formada a partir de mayo del 68 la acusa en mayor o menor medida, y lo mismo cabe decir de las corrientes verdes y primitivistas del anarquismo surgidas algunos años después, ya en un contexto de claro reflujo revolucionario (Fredy Perlman, por ejemplo, tradujo y publicó en 1975, bajo el título The Wandering of Humanity, dos ensayos de Camatte en los que éste se adentra en la cuestión de las «presuposiciones del capital», es decir, del milenario legado precapitalista de domesticación de la naturaleza y del ser humano que allanó el camino al despotismo del capital.) En época más reciente, algunos integrantes de la llamada «corriente comunizadora» (y muy en especial grupos como Théorie communiste y Endnotes), aunque nieguen de raíz toda posibilidad de hacer «secesión» de la relación social capitalista y por tanto rechacen la exhortación camattiana a «dejar este mundo», han reconocido abiertamente su deuda con él.

A partir de su segunda serie, el rumbo emprendido por Invariance —después de teorizar la superación de la ley del valor y el consiguiente «abandono de la teoría del proletariado»—, materializado en textos como « Communauté et communisme en Russie [3]» (1972), « De la révolution » (1972) « Errance de l’humanité – conscience répressive – Communisme » (1973) o «La révolution russe et la théorie du proletariat» (1974), se aleja aún más de toda tentativa de resurrección del «programa proletario». Según Camatte, las formas «autonomizadas» del capital (como el capital ficticio) han desembocado en la formación de una «comunidad material» basada en la concurrencia de gangs rivales que ha reabsorbido la oposición burguesía/proletariado. De ahí que, en lo sucesivo, no exista otra oposición posible al capital que «a título humano» (tesis que, hasta cierto punto, coincide con los análisis de Moishe Postone y del grupo Krisis[4]).

 

 

El final de una época

 

Mayo del 68 puso fin al ciclo histórico que comenzó en los años veinte con el triunfo de la contrarrevolución en Rusia y Alemania, e inauguró el «segundo asalto proletario contra la sociedad de clases» (denominación que de entrada presenta el inconveniente de reducir el nuevo ciclo a una reedición «corregida y aumentada» del anterior). Ahora bien, este retorno del proletariado al escenario de la historia, plasmado en las sublevaciones de los guetos estadounidenses, la proliferación de las huelgas salvajes en Europa y la revuelta generalizada contra el trabajo y la colonización de la vida cotidiana por la mercancía, coincidió paradójicamente con el comienzo del fin de la afirmación autónoma de éste como clase. Al abarcar la totalidad de la vida cotidiana, el nuevo movimiento revolucionario suponía antes que nada un gigantesco rechazo de la condición proletaria.

En « Vers la communauté humaine » (1976), Camatte resume así la discontinuidad entre las dos épocas:

 

[…] Lo más importante inmediatamente era que teníamos que vérnoslas con un movimiento revolucionario que no planteaba una dimensión clasista, que expresaba muy claramente, pues, la exigencia indicada en Origine et fonction de la forme parti: una revolución a título humano.

[…] Podía considerarse, además, que la no afirmación de un punto de partida clasista se desarrollaba dentro de la dinámica de la revolución, ya que K. Marx había insistido a menudo en que el objetivo de ésta era la supresión del proletariado, por lo que la madurez del movimiento que nació en mayo del 68 debía afirmarse en la medida en que la negación del proletariado se iría imponiendo cada vez más. Así, lo que yo consideré que debía de poner en primer plano no era la autonomía del proletariado, de la que tanto hablaba Potere Operaio, por ejemplo, sino su negación.

 

El punto de partida del nuevo ciclo representaba al mismo tiempo, por tanto, la crisis de las premisas teóricas del ciclo anterior y de toda su problemática, empezando por la concepción clásica que preconizaba diversas modalidades de conquista del poder, (ya fuese política o social) por parte del proletariado[5]. Al mismo tiempo, sin embargo, el 68 suscitó un vigoroso retorno de lo reprimido en forma de resurrección de los «mejores momentos» (los más reprimidos) del ciclo anterior: el movimiento de los consejos, el KAPD, los textos del joven Lukács y de Karl Korsch, o el interés por la obra de Hegel y de Wilhelm Reich. Según Camatte, aunque por un lado se tratase de un fenómeno inevitable y saludable, por otro era «indicio al mismo tiempo de la imposibilidad de aprehender directamente la realidad y de la incapacidad de ésta de engendrar otras formas de lucha y otros enfoques teóricos». (« Contre la domestication », 1973). En cualquier caso, para que la crítica pudiese llegar hasta el fin y rechazar en bloque las insuficiencias del pasado, era preciso que la parte «invicta» del proyecto revolucionario vencido regresara al presente como a su propia casa.

Lo que la nueva época había puesto sobre el tapete no sólo era la crítica en actos de la concepción jacobina o «politicista» de la revolución, sino también de toda noción de revolución arraigada en una problemática de gestión, organización o emancipación del trabajo:

 

La huelga general salvaje de mayo del 68 no produjo ningún órgano específico de gestión obrera. Durante el largo «mayo rampante» italiano, los consejos de fábrica y de zona, si bien pusieron de manifiesto la capacidad de autoorganización de la clase de cara a sus objetivos […], no tendieron en absoluto a apoderarse del aparato productivo. Y ni siquiera la huelga insurreccional polaca de diciembre de 1970 manifestó una tendencia autogestionaria clara, a diferencia de lo sucedido en 1956 en Hungría[6].

 

La consecuencia inmediata fue la impugnación paulatina del bagaje teórico de una generación que, por reacción contra el estalinismo, había hecho de la lucha contra la burocracia —fuese de Estado, de partido o sindical— su prioridad fundamental. Este fue el caso de la desaparecida revista Socialisme ou Barbarie (1949-1965) que desde sus orígenes había puesto en primer plano el antagonismo entre proletariado y burocracia, y que había considerado que la formación de consejos en Berlín Este (1953), la insurrección húngara de 1956 y las huelgas antisindicales a ambos lados del Atlántico confirmaban sus tesis.

A diferencia de lo que a primera vista podría parecer, el punto de vista de S. ou B. seguía ligado a la problemática trotskista, que situaba en Rusia (y en la burocracia «obrera» en general) el centro neurálgico de la contrarrevolución. Basta con contrastar, por ejemplo, los análisis realizados ya en 1947 por la tendencia Johnson-Forest —grupo estadounidense que, al igual que S. ou B., procedía de una escisión del trotskismo— con el diagnóstico de Chalieu-Castoriadis para darse cuenta de hasta qué punto este último se había quedado en la superficie del fenómeno «burocrático[7]»:

 

[…] en la actualidad el proletariado, llegado a una fase superior, ha sacado la conclusión definitiva. Su revuelta ya no se dirige contra la política y el modo de distribución de la plusvalía, sino contra la misma producción de valor. Ha hecho su propia lectura acerca del pivote sobre el que gira la comprensión de la economía política. (The Invading Socialist Society, p. 13)

 

Si en su momento la demostración del carácter capitalista de la sociedad rusa, realizada por S. ou B. en el texto Las relaciones de producción en Rusia (mayo-junio de 1949), había sido un instrumento de clarificación teórica muy valioso, en la nueva etapa abierta por mayo del 68 ya no bastaba con saber que la URSS era capitalista: ahora, además, había que poder explicar por qué lo era sin convertir las consecuencias —la «burocracia» o «la ideología bolchevique»— en causas. El eje de la problemática se había desplazado: ya no era tanto la naturaleza de Rusia lo que importaba como la del propio capital (y, en consecuencia, la del proletariado).

En 1972, en el posfacio a la reedición por La Vielle Taupe de Las relaciones de producción en Rusia, Pierre Guillame, antiguo miembro de Socialisme ou Barbarie, enumeró las consecuencias de analizar el régimen soviético como un «capitalismo burocrático»:

 

[…] el programa anticapitalista fue reemplazado por un programa antiburocrático en el que la autogestión, la autonomía y la democracia desempeñaban un papel determinante. Toda la concepción comunista quedaba desbaratada. […] La burocracia es una amenaza, una tendencia humana permanente a la que se opone otra tendencia humana, la autonomía[8].

 

A diferencia de S. ou B., grupo que por lo demás ejerció una gran influencia sobre ella, la Internacional situacionistafue ampliamente reconocida por la revuelta de mayo y podía presumir de que las consignas de ésta le habían dado la razón. Ahora bien, lo que la I. S. no logró entender jamás fue que este «triunfo» se había debido por igual a sus virtudes que a sus limitaciones (las suyas propias y las de mayo del 68). Pese a haber introducido en las formas clásicas del «programa proletario» contenidos que rompían con él —la abolición sin transición del trabajo salariado y del intercambio mercantil, de las clases y del Estado— y a haber levantado acta de las novedades más relevantes de la época[9], los situacionistas fueron incapaces de desprenderse de dos concepciones del ciclo anterior reducidas ya poco menos que a conjuros: la reivindicación del poder absoluto de los consejos obreros, y el correspondiente acceso del proletariado (redefinido como clase casi universal de todos los desposeídos del empleo de su vida) a una teoría y a una conciencia supuestamente suyas pero de las que se encontraba paradójicamente «separado». De ahí que la I. S., so pena de repetirse indefinidamente e incapaz de concretar más su análisis, estuviera abocada a corto plazo a la crisis y a la disolución.

En efecto, la desventurada «cuestión del sujeto» se estaba convirtiendo, a marchas forzadas y no por azar, en el talón de Aquiles más visible con el que iba a tropezar sin remisión el «nuevo movimiento» surgido del 68. Así lo señalaría algunos años más tarde Eduardo Subirats en «Una aproximación crítica a “Historia y conciencia de clase”»[10]:

 

[…] cuando en un contexto social determinado, en el que no existe portador empírico de la resistencia contra la reificación […] se invoca programáticamente la categoría de proletariado, ésta se convierte en un abstracto deus ex machina. Tal fue el caso del uso del concepto proletariado por los situacionistas[11].

 

Así pues, tanto para el Lukács de Historia y conciencia de clase como para los situacionistas —que también habían convertido a su modo al proletariado en un sujeto universal abstracto­— lo que definía a éste no era su condición de «capital variable» en el marco de las relaciones de producción capitalistas, sino la oposición a la reificación. En cualquier caso, conviene señalar que cuando —casi tres décadas más tarde— Moishe Postone describió al sujeto histórico de Lukács como una versión colectiva del sujeto burgués que se constituye a sí mismo y al mundo a través del trabajo, no estaba haciendo sino completar el retrato, ya muy avanzado, trazado por Subirats: «Lukács no sabe otorgar otros atributos empíricos a su representación del proletariado que los del sujeto clásico-moderno de la dominación.» (Contra la razón destructiva, p. 137).

Así las cosas, si bien cabe sostener que la indeterminación del uso del concepto «proletariado» por parte de la I. S. prefiguró la «revuelta de las minorías» y la difusión de los conflictos sociales en el ámbito de la reproducción, muy pronto se mostraría completamente incapaz de dar cuenta de ninguna manera de la ausencia de «constitución de un sujeto social entero que albergue la potencia crítica contra la totalidad reificada del sistema capitalista.» (Contra la razón destructiva, p. 127)

Eso no significa, claro está, que en aquellos mismos años no se estuvieran realizando ya importantes esfuerzos teóricos (y no sólo por parte de Camatte, que había realizado ya no pocas aportaciones a la cuestión del proletariado «como sujeto y como representación») por llegar al fondo de esa «ausencia»:

 

El proletariado no puede ser una clase, porque la clase sigue siendo un modo de existencia social […] La conciencia de clase es la conciencia de gentes que compiten entre sí, que se combaten, pero que cierran filas frente al exterior, frente a lo que no es su clase. […] La clase es la unión de los concurrentes cuyo interés general es idéntico y cuyos intereses particulares se oponen entre sí. Es la guerra de todos los burgueses contra todos los demás. Lo que la clase tiene de particular en relación con cualquier otra existencia social es que está constituida contra una exterioridad por gentes exteriores a su vez las unas a las otras.

[…]

Lo que el proletariado moderno tiene de particular es que no constituye una clase y no puede constituirla. Los proletarios no pueden combatirse entre sí ni pueden combatir una exterioridad. Están absolutamente separados y esa separación no deja nada al margen de sí […] Cuando los proletarios combaten, no combaten algo exterior, a otra clase; combaten esa separación, combaten al proletariado[12].

 

Ya en 1948, C. L. R. James, en su artículo “The Revolutionary Answer to the Negro Problem in the United States”, se había inspirado en la postura de Lenin sobre el derecho de autodeterminación de las naciones para poner de manifiesto (en el contexto estadounidense y en defensa del carácter independiente y autónomo del movimiento por los derechos civiles) la importancia de las divisiones internas en el seno de la clase trabajadora (en este caso étnicas, a lo que hubo que añadir a partir de la década de 1970 las sexuales y generacionales):

 

Lo que dice Lenin es que, aunque la fuerza fundamental sea el proletariado, aunque estos grupos sean impotentes, aunque el proletariado tenga que dirigirlos, de eso no se deduce de ninguna manera que no puedan hacer nada hasta que el proletariado los encabece en la práctica. Dice precisamente todo lo contrario.

Mediante su agitación, su resistencia y las iniciativas políticas que puedan emprender, estos grupos pueden ser el medio a través del cual aparezca en escena el proletariado.

No siempre ni en todas las ocasiones, y tampoco el medio exclusivo, sino uno de ellos.

Por tanto, la «unidad» del proletariado no constituía de ningún modo el requisito previo de una actividad revolucionaria; todo lo contrario, dicha unidad, como dirá Camatte en « Le KAPD et le mouvement prolétarien » (1971):

[…] no puede concretarse sino como resultado de una lucha tenaz y decidida, sin compromisos, contra el capital y en cierta medida en el seno de la propia clase universal.

De ahí a admitir implícitamente la relevancia potencial de movimientos y luchas que no cuestionen explícitamente el sistema capitalista (como podría ser el caso, por ejemplo, de la «primavera árabe» y de otros movimientos contemporáneos) no hay más que un paso, lo que supone un destronamiento ulterior del «proletariado como representación», si bien en un sentido diametralmente opuesto al que postulan Postone y la «crítica del valor», para los que tales movimientos no constituyen, en el mejor de los casos, más que «tentativas de modernización tardía». Para Camatte, por el contrario:

 

Afirmar que todo movimiento social revolucionario no puede hacer sino alimentar la contrarrevolución a partir del momento en que en Occidente el proletariado no hace nada, equivale a querer hacer que todo gire en torno a Occidente, es eurocentrismo o justificación del colonialismo, etc.… y sobre todo es hacer poco caso del trágico impasse en el que se encontrarán y se encuentran multitud de hombres y de mujeres en las diversas zonas llamadas atrasadas. Por último, expresa de la forma más aguda la inversión de la proposición «el proletariado no tiene que esperar a ningún mesías» a «el proletariado es el nuevo mesías al que hay que esperar». (« Vers la communauté humaine », 1976)

 

Pero volvamos a mediados de la década de 1970. Al constatar que el nuevo «asalto proletario» entraba en punto muerto, pero que al mismo tiempo la insubordinación se extendía a todas las instituciones de la reproducción social (escuela, familia, cárcel, psiquiátricos) la mayoría de las corrientes radicales de la época centraron su atención en estas nuevas formas de lucha, lo que desembocó en la búsqueda continua de «nuevos sujetos» situados de algún modo «fuera» del sistema capitalista (no es casualidad que en esta época se produjera el gran rescate y revalorización de los movimientos de revuelta preindustriales), y a oponer al proletariado —encarnación de la humanidad comunista futura— a la clase obrera, mera fracción variable del capital. En ambos casos, según Camatte, el resultado era el mismo:

 

Para permanecer fiel a un concepto de proletariado que incluya la negatividad, hay que buscar en la sociedad qué elementos se sublevan realmente contra el orden establecido o que, por su modo de vida, representan la disolución de la sociedad existente. De ahí la teoría de Marcuse acerca de los estudiantes y de minorías como los negros en Estados Unidos, pero también la teoría de distintos revolucionarios acerca de los marginados y los excluidos del sistema, lo que equivale de todos modos al abandono de la teoría del proletariado bajo su forma clásica[13].

 

Así pues, en lugar de levantar acta de los límites efectivos con los que había topado el movimiento iniciado en 1968 y de buscar la explicación en la propia evolución de la relación social capitalista y la segmentación jerárquica inherente al proletariado, se huyó hacia delante, interpretando las «nuevas relaciones» establecidas en la vida cotidiana a través de la liberación sexual, las comunas, la crítica de la familia o diversas modalidades de delincuencia como signos precursores de la «nueva sociedad» que pugnaba por salir de las entrañas de la vieja y de la presencia y arraigo cada vez mayores de la «autonomía», verdadero «espíritu de la época»:

 

Los elementos de un mundo nuevo tienden a producirse permanentemente a partir del funcionamiento mismo del sistema capitalista […] Las manifestaciones más visibles de esta tendencia se encuentran en las nuevas formas de la lucha de clases y en la extensión de los conflictos de clase a enfrentamientos entre dominantes y dominados en todas las estructuras de la sociedad […] Se pueden encontrar estas formas diversas en la tentativa de abandono de los sindicatos, la organización subterránea de las luchas, las tentativas de relaciones horizontales, las actitudes nuevas de alumnos, mujeres, homosexuales, de obreros ante el trabajo, etc.… actitudes todas que expresan la lucha de los interesados «por ellos mismos» y «para ellos mismos[14].»

 

Sin embargo, las diversas componentes de esta explosión «autónoma», que probablemente llegó a su punto culminante en la Italia de 1977, no lograron converger en ningún momento, y tras la descomposición del movimiento (en forma de crítica de la vida cotidiana, ideologías del deseo, feminismo y diversos proyectos de sociedad alternativa) lo único que dejó tras de sí fue la insistencia abstracta en la autonomía, reducida a su vez a una mera forma despojada de contenido. El callejón sin salida al que se vio abocado el movimiento que había arrancado en 1968 era el siguiente: o enmascarar de un modo u otro los problemas reales que planteaba la segmentación jerárquica del proletariado exaltando el «pluralismo» de las nuevas formas de resistencia y proclamar que en lo sucesivo el trabajo abstracto englobaba todas las prácticas sociales (vías elegidas por el posmodernismo y el triunfalismo posoperaísta), o apurar hasta las heces el cáliz de la derrota y adoptar perspectivas próximas al «abandono de la teoría del proletariado» propuesto por Camatte (caso de los futuros fundadores de la Encyclopédie des Nuisances o de los primitivistas). De ahí que en « Prolétariat et Révolution ­» (1975), éste ofreciera el siguiente balance histórico:

 

El punto de partida ya lo hemos indicado: situar los límites de la teoría del proletariado en el plano histórico, es decir, verificar por un lado cómo en el transcurso de las luchas revolucionarias de este siglo, el proletariado, en definitiva, no había propuesto un modo de vida ni una sociedad distintos, sino que se limitó a reivindicar una gestión diferente del capital, por lo que su intervención se limitó a favorecer el paso de la dominación formal a la dominación real del capital sobre la sociedad en las zonas más avanzadas de Occidente y a reforzar su dominación a escala mundial, permitiéndole penetrar en zonas donde aún no había podido introducirse debido a resistencias de orden tanto geográfico, como histórico o social.

[…] El estudio histórico adquirió por eso mismo una dimensión distinta: verificar en qué medida la mayor parte de los revolucionarios habían vivido y luchado bajo la influencia de una cierta representación del proletariado como clase revolucionaria y estaban impregnados a su vez de una representación de «la sociedad comunista» que no era incompatible con el ser del capital.

 

 

Los infortunios del fetichismo

En cualquier caso, varios años antes de hacer este diagnóstico tan poco alentador, Camatte había comprendido que había que reanudar la crítica de la economía política adoptando una periodización que captase el modo en que todas las esferas de la vida social habían sido sometidas al proceso de conjunto de reproducción del sistema capitalista:

El punto de partida de la crítica de la sociedad del capital actual debe ser la reafirmación de los conceptos de dominación formal y dominación real como fases históricas del desarrollo capitalista. Cualquier otra periodización del proceso de autonomización del valor, tal como capitalismo de libre competencia, monopolista, de Estado, burocrático, etc., abandona el dominio de la teoría del proletariado, es decir, la crítica de la economía política, y forma parte del vocabulario de la praxis de la socialdemocracia o de la ideología leninista codificada por el estalinismo. (« Transition », 1970)

El movimiento obrero había teorizado los epifenómenos de la subordinación del Estado al proceso de valorización durante el tránsito a la dominación real acudiendo a categorías como capitalismo de Estado, capitalismo organizado o capitalismo burocrático, que llevaban inevitablemente a su vez a concebir la superación del capitalismo como un proceso fundamentalmente político en el que el problema esencial era la organización[15]. A su vez, esto permitía prescindir por completo de la incómoda realidad en función de la cual, al no ser el capital otra cosa que «valor en proceso», cualquier forma de organización presuntamente destinada a trascender sus contradicciones forzosamente ha de reproducirlas, cosa que, si bien de forma limitada, ya había comprendido muchos años antes la tendencia Johnson-Forest:

En cada etapa sucesiva, la degeneración del partido proletario no sólo imita al capitalismo, sino que ha de afrontar también, en mayor medida aún, las contradicciones que lo desgarran. (The Invading Socialist Society, p. 13)

 

A esto había que añadirle, según Camatte, otra peculiaridad del ciclo teórico que, coincidiendo con la transición a la etapa inicial de la dominación real, había inaugurado Lukács y cerraron los situacionistas, a saber, la gran importancia otorgada a la crítica de la mercancía y su fetichismo a expensas del análisis del capital como totalidad. Si bien es innegable que la mercancía resume efectivamente el modo de producción capitalista, en relación con fenómenos como las crisis, las reestructuraciones y los puntos de inflexión en la trayectoria del sistema, es imprescindible abordar las mediaciones que asume. Al ser la producción capitalista un proceso simultáneo de producción de plusvalor y de reproducción de las relaciones sociales que permiten producirlo, es fundamental tener presente el proceso —siempre conflictivo y en realidad muy poco «automático»— de acumulación y valorización en conjunto[16].

Ahora bien, una teoría de la crisis que pretenda tener su prolongación en un «movimiento real que transforma las condiciones existentes» sólo puede tener como «protagonistas» a seres sociales dotados de determinaciones antagónicas al capital (es decir, presupone una teoría del proletariado), pues referida al individuo o a la humanidad en general carece de sentido y desemboca forzosamente en reediciones actualizadas del viejo catastrofismo socialdemócrata susceptibles de desempeñar las mismas funciones[17].

Lo cierto, por lo demás, es que la historia de la teoría marxiana de las crisis representa algo más que una simple sucesión de interpretaciones erróneas o de esperanzas frustradas: también pone de manifiesto un proceso de creciente concreción en la percepción de la propia relación social capitalista. En contra de lo que a primera vista podría parecer, existe una notable diferencia entre la teoría catastrofista clásica de la IIª Internacional —que veía en las crisis el motor de la revolución y de una toma de conciencia progresiva que habría de desembocar en la «lucha final»— y la teoría de la «decadencia del capitalismo» elaborada por los elementos revolucionarios de la época del «primer asalto proletario contra la sociedad de clases» (Lenin, Luxemburg, Bordiga, el KAPD). Pese a que ésta última también pone de relieve que los teóricos marxistas seguían dominados por la perspectiva del capital[18], el solo hecho de vincular la teoría de la crisis al debate sobre la organización como proceso inseparable del «movimiento real» en el marco del debate sobre la huelga de masas abierto por la revolución rusa de 1905 (en contraste con el fetichismo organizativo del aparato del partido y el sindicato socialdemócratas, que identificaba su propia supervivencia con el «avance del socialismo») abrió una primera gran brecha en la perspectiva mecanicista y positivista del «marxismo ortodoxo».

Por lo demás, la noción objetivista de economía esgrimida en los debates de la «ultraizquierda» histórica de la década de 1930 dejó intacta la vieja disputa entre los partidarios del «desarrollo autónomo de la subjetividad proletaria» y quienes creían que la «conciencia revolucionaria» sólo podía ser inducida por las crisis cíclicas inherentes al sistema capitalista (personificada ahora en las figuras de Pannekoek y Grossman). De ahí que después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el capitalismo entró en una de sus fases de expansión más sostenidas, y ese objetivismo se convirtió en una traba cada vez mayor para comprender la nueva situación, aparecieran con toda naturalidad minorías que concentraron su atención en las novedades de la evolución concreta de la lucha de clases en lugar de continuar siguiendo los altibajos de una economía separada de ésta.

Ya en 1950, en State Capitalism and World Revolution, C. L. R. James, R. Dunayevskaya y G. Lee habían señalado, en el transcurso de su análisis de lo que acabaría conociéndose más tarde como «fordismo», que:

 

La propia coyuntura en la que se desarrollaba ahora la lucha de clases tendía, pues, a desobjetivar la concepción de la economía. Sin embargo, como esa desobjetivación no llegó a término, engendró un rechazo subjetivista del objetivismo que ponía en primer plano al proletariado y lo transformaba en el único factor activo del desarrollo del capitalismo y sus crisis, «cosa que ya pensaba Chalieu-Castoriadis cuando dijo que Marx se había olvidado de mencionar la lucha de clases en El capital.» (J. Camatte, « Le KAPD et le mouvement prolétarien ­», 1971).

Ahora bien, sostener que es la actividad autónoma del proletariado la que provoca la crisis del capital en lugar de insistir en que es la crisis de éste la que obliga al proletariado a reaccionar no supone abandonar la perspectiva objetivista, sino invertirla añadiendo a la objetividad una determinación subjetiva. Y dado que seguían considerando la relación entre el capital y la clase obrera como una relación de exterioridad en lugar de como una relación contradictoria de implicación recíproca, los teóricos «autónomos» tendieron a desarrollar la noción de dos sujetos independientes —capital y trabajo— y en consecuencia, la de la confrontación entre dos estrategias, lo que suponía olvidar que

 

[…] No se trata de tomar partido por uno u otro de los dos polos, sino de destruirlos a ambos. En ese sentido, la autonomización de la clase obrera es una reivindicación vacía si no se plantea en la perspectiva de su supresión. (J. Camatte, « Le KAPD et le mouvement prolétarien ­», 1971).

 

No obstante, y aunque a veces hicieran un empleo poco escrupuloso y sociologista de conceptos como «composición de clase» y «recomposición» para desreificar categorías como la de composición orgánica del capital, los teóricos «autónomos» las emplearon para comprender mejor las formas de lucha y subjetividad que acompañan a una composición dada, así como las causas concretas que motivaban el rechazo o el declive de determinadas formas de organización. En cualquier caso y en resumidas cuentas, «podríamos decir que así como el 68 puso de manifiesto tanto las limitaciones como la validez de las ideas situacionistas, el período de crisis y de actividad revolucionaria en Italia durante la década de 1969-1979 puso de manifiesto la validez y las limitaciones de los obreristas y de la teoría de los autónomos.» (Teoría de la decadencia o decadencia de la teoría 2ª parte, Aufheben, 1994)

La evolución de Camatte y de Invariance, sin embargo, siguió derroteros muy distintos. Al considerar que la teoría del valor había quedado superada de algún modo por el desarrollo del capital ficticio, tanto la teoría de la crisis basada en ella como la teoría del proletariado perdían todo fundamento. A partir del momento en que se concluye que el capital se ha «unificado» abstractamente y reabsorbido las clases, el único conflicto posible pasa a ser el existente entre una humanidad abstracta y la «comunidad material», cuya persistencia exige ahora una explicación antropológica. A diferencia del pensamiento revolucionario clásico, que atribuía la supervivencia del capitalismo a causas exteriores al «sujeto revolucionario» (el imperialismo, la socialdemocracia, el estalinismo, etc.), Invariance la explicará en función de la asimilación del «ser comunitario» de la humanidad (la Gemeinwesen) por el capital y abogará por la «secesión» como premisa necesaria de la ruptura con éste, lo que supone reemplazar los movimientos reales de un proletariado internacional inmerso en problemáticas históricas muy concretas (una exclusión social cada vez mayor, por ejemplo) por una revuelta indeterminada de la «humanidad».

Ahora bien, como dice Ray Brassier en “The Wandering Abstraction”[19]:

 

Existe una réplica inmediata a la explicación de Camatte: su apelación a una comunidad humana cuyas modalidades fundamentales de expresión han permanecido constantes a lo largo de milenios de transformación social y política es una abstracción en el sentido más problemático del término. Camatte presupone la existencia de un conjunto de facultades de expresión humana que subsisten no sólo independientemente del capitalismo sino de toda forma de organización social […]. Sin embargo, atribuir estas cualidades a la «vida» las vuelve indeterminadas: dejan de ser categorías sociohistóricas o siquiera biológicas para convertirse en los postulados de una antropología especulativa. Es más, la defensa de la comunidad frente a la sociedad se hace eco inadvertidamente de un viejo tropo reaccionario: mientras que la comunidad asegura que los roles sociales, los valores y las creencias permanezcan firmemente arraigados en las relaciones interpersonales, la sociedad los pone en peligro instituyendo roles impersonales, valores formales y creencias objetivas en función de una interacción indirecta. Aquí la denuncia del despotismo del capital por parte de Camatte se confunde con el repudio de la modernidad, forma codificada de designar el alejamiento de la humanidad de su esencia comunitaria.

 

 

Por otra parte, existe una segunda y más sustancial objeción que oponer tanto a la tesis de Invariance como a la «crítica del valor», a saber, que

 

[…] el proceso de fetichización, de autonomización del capital, es un proceso no realizable. En consecuencia, el descubrimiento de Marx del doble carácter del trabajo es efectivamente decisivo, pero se trata de ver qué es lo que significa; el sentido de este descubrimiento, que implica la necesidad de que el fenómeno capitalista resulte desdoblado en una dimensión aparente y en una real, puede ser según mi opinión sintetizado en la afirmación de que el fetichismo es ya en sí mismo contradictorio…[21]

 

El presupuesto tácito de todo el análisis de Camatte acerca de la «antropomorfosis» y la formación de la «comunidad material» es la identificación del movimiento aparente de autonomización del capital —su reificación o fetichismo— con el movimiento real, y en ese sentido, cabe señalar que Invariance hace de una tendencia contradictoria un hecho consumado, y que en consecuencia no reconoce suficientemente el carácter abierto de la lucha constante que caracteriza a ese proceso.

 

 

[1] (http://revueinvariance.pagesperso-orange.fr/). El nombre de la revista aludía a la «invarianza de la teoría del proletariado», una de las concepciones centrales de la Izquierda Comunista italiana o «bordiguismo». Cuando los detractores de Camatte y cía. señalaron que «nada varía tanto como Invariance», éste y sus compañeros respondieron que «lo que es invariante es la aspiración a redescubrir la comunidad humana perdida», haciendo hincapié así en el otro hilo conductor de sus investigaciones, la Gemeinwesen (comunidad) del ser humano.

[2] La voz inglesa rackett se refiere, en principio, a cualquier agrupación mafiosa dedicada al crimen organizado, pero por extensión puede considerarse que encarna el prototipo del modo de funcionamiento real y necesario de toda «organización» en el marco de la sociedad existente. En Bordiga la noción de gang está ligada a la crítica de la idea de la burocracia como nueva clase dominante formulada por Chalieu-Castoriadis. Theodor W. Adorno se interesó por primera vez por esta cuestión en relación con la teoría marxista de las clases en «Reflexiones sobre la teoría de las clases» (1942), y volvió sobre ella en «Individuo y organización» (1953), así como en «Notas marginales sobre teoría y praxis» (1969). También figura de manera prominente en dos artículos publicados en Internationale situationniste # 4 y # 7, ­«Gangland et Philosophie» (1960) y «Geopolítica de la hibernación» (1962). Existe un excelente y documentado artículo (en inglés) al respecto, «Rackets», de F. Palinorc en http://www.left-dis.nl/.

[3] Resulta muy significativo que durante largos años el único texto de Invariance traducido al castellano haya sido Comunidad y comunismo en Rusia (Madrid, Zero-zyx 1975), un estudio en profundidad de la «cuestión rusa» (sobre la que Camatte venía insistiendo desde hacía ya algún tiempo en que urgía «cortar el cordón umbilical»).

[4] Al sostener que la lucha de clases es incapaz de hacer otra cosa que reproducir el capitalismo y «modernizarlo» (lo que la convierte en un factor subordinado y despojado de mayor interés histórico), la teoría del «sujeto automático» de Postone y Krisistambién postula implícitamente como sujeto de toda oposición potencial al individuo o a una humanidad abstracta. Camatte, en cambio, considera la «antropomorfosis» del capital como la etapa terminal de la evolución de la relación social capitalista, por lo que presta la máxima atención (al menos hasta que da por consumado ese desenlace histórico) a todos los avatares y altibajos históricos de esa lucha.

[5] Existe un evidente paralelismo entre la «crisis del programatismo» (es decir, de toda noción de superación del capitalismo basada en la transformación del proletariado en clase dominante) que inaugura mayo del 68, y la oposición teorizada por los representantes de la «crítica del valor» y la escuela de Postone, entre un «Marx exotérico» (que critica el capitalismo «desde el punto de vista del trabajo») y un «Marx esotérico» (que critica el trabajo en el capitalismo, es decir, como elemento constitutivo de éste). No obstante, hay una diferencia abismal entre explicar ese punto de inflexión como consecuencia de la propia evolución histórica del sistema capitalista o interpretarlo como una especie de deplorable extravío engendrado por una lectura «errónea» ahora por fin corregida. Ahora bien, cuando al comienzo de Les Aventures de la Marchandise, Anselm Jappe plantea la necesidad de «historizar la teoría de Marx, así como el marxismo tradicional» relacionándolos con «dos etapas históricas diferentes: la modernización y su superación» (p. 12), no sólo da por supuesta la validez de ambas nociones, sino que algunas páginas más allá pasa por alto la oportunidad de historizar la propia «crítica del valor» apoyándose en las fechas que él mismo proporciona: «La crítica del valor tiene sus antecedentes en los años veinte, en Historia y conciencia de clase de G. Lukács y los Ensayos sobre la teoría del valor de I. Rubin. Prosigue entre líneas en los escritos de T. Adorno, y su verdadero nacimiento se sitúa en torno a 1968, cuando en distintos países (Alemania, Italia, Estados Unidos), autores como H.-J. Krahl, H.-G. Backhaus, L. Coletti y F. Perlman trabajan en torno a la misma cuestión.» (p. 20). Lo que conviene preguntarse precisamente es si esas dos categorías fundamentales de la «crítica del valor» —el «marxismo tradicional» y la «modernización»— sobrevivirían a semejante historización.

[6](Rupture dans la théorie de la révolution, textos presentados por François Danel, Ed. Senonevero, París 2003) Eso no impidió que las tendencias consejistas de la época siguieran defendiendo tozudamente el programa autogestionario e insistiendoen que la autonomía de las luchas obreras, su autoorganización al margen de los sindicatos y contra ellos, constituía el criterio necesario y suficiente para decidir si éstas iban o no por el buen camino. «De ahí el escándalo y la sorpresa que causó en 1972 el texto de Jean Barrot (Gilles Dauvé) Contribución a la crítica de la ideología de ultraizquierda (Leninismo y ultraizquierda) y el rechazo del que fue víctima su autor por parte del medio consejista, que no podía tolerar esta crítica y menos aún la tentativa de Dauvé de incorporar elementos de la teoría de Bordiga, al que dicha corriente consejista redujo un tanto apresuradamente a un teórico ultraleninista.» (François Bochet, «A propos de quelques textes récents : Anselm Jappe, Jaime Semprun, Robert Kurz, Jean-Marc Mandosio »)

[7] Pese a que las concepciones de la tendencia Johnson-Forest (C. L. R. James, Raya Dunayevskaya y Grace Lee) y las de S. ou B. eran muy similares, las separaba una diferencia fundamental: para los primeros la burocracia estalinista era «el fruto orgánico del desarrollo alcanzado por el capitalismo y la forma política correspondiente a la etapa final del sistema capitalista, el capitalismo de Estado» (The Invading Socialist Society, p. ii), de lo que se desprendía que «el problema no se podía resolver a través del análisis de las “burocracias”, sino a través del análisis del capital». (Ibíd., p. 16)

[8] Cabe situar aquí el acta de nacimiento de la «verdadera escisión» entre las tendencias comunizadoras contemporáneas y las mil y una «autonomías» que fueron tomando el relevo de los anquilosados grupúsculos izquierdistas en la prédica de las virtudes emancipadoras de la política radical y la democracia pluscuamdirecta. Con el paso de los años, el falso problema de la burocracia quedó cada vez más relegado debido a la convergencia de dos fenómenos íntimamente ligados: la entrada del capitalismo en su fase «neoliberal» (con el consiguiente hundimiento del «socialismo real») y la conversión paulatina de los antiguos izquierdistas al evangelio asambleario de la «horizontalidad» (acerca de esta «desburocratización del mundo», véanse los textos de Loren Goldner bthp23.com/shorthistory(Sp).pdf, bthp23.com/multicult(Sp).pdf, bthp23.com/poland(Sp).pdf y bthp23.com/facingreality(Sp).pdf).

[9] «La juventud, los obreros, las gentes de color, los homosexuales, las mujeres y los niños quieren todo lo que les estaba vedado […] Cada parcela de un espacio social cada vez más directamente conformado por la producción alienada y sus planificadores, se convierte en un nuevo terreno de lucha, desde la escuela primaria y los transportes colectivos hasta los asilos psiquiátricos y las prisiones.» («Tesis sobre la Internacional situacionista y su tiempo», en Textos situacionistas sobre los consejos obreros, Campo Abierto, Madrid 1977)

[10] Ensayo incluido en Contra la razón destructiva, Tusquets, Barcelona 1979.

[11] En torno a la misma época el ex teórico del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) Santi Soler escribía: «[…] todo aquello de los situs de que “Proletario es quien carece de poder de decisión sobre su vida y lo sabe” que decía Debord, no es, pues, referirse a unas categorías sociales concretas […] sino naufragar en el Maelstrom lukacsiano de la “conciencia de clase”.»(Marxismo: señas de identidad, Ediciones Libertarias, Madrid 1980, p. 71).

[12] Jean-Pierre Voyer, Une Enquête sur la nature et les causes de la misère des gens, Champ Libre 1976, pp. 111-113. O también, dicho de manera menos enrevesada:

 

[…] Para ser una clase revolucionaria, el proletariado tiene que unirse, pero ahora no puede unirse más que destruyendo las condiciones de su propia existencia como clase. La unión no es un medio que haga más eficaz la lucha reivindicativa; al contrario, no puede existir sino superando la lucha reivindicativa; la unión tiene por contenido que los proletarios dediquen todos sus esfuerzos a dejar de serlo; es la impugnación por parte del proletariado de su propia existencia como clase, la comunización de las relaciones entre individuos. En tanto proletarios, no encuentran en el capital, es decir, en sí mismos, otra cosa que todas las divisiones del salariado y del intercambio, y ninguna forma organizativa o política puede superar esa división. (Roland Simon, « Unification du prolétariat et communisation », http://meeting.communisation.net/archives/meeting-no-2/les-textes-publies-6/article/unification-du-proletariat-et )

[13] « À propos de la dictature du prolétariat (1978)» (http://revueinvariance.pagesperso-orange.fr/dictature.html)

[14] «Nuevo Movimiento», H. Simon, Échanges et mouvement. Texto incluido en Apuntes sobre la autonomía obrera, Ediciones Etcétera, Barcelona 1979, pp. 3-6.

[15] En una nota de Les Aventures de la Marchandise en la que critica el «acento, a veces obsesivo, puesto por la izquierda radical en las cuestiones de organización» y las vicisitudes de la definición de la burocracia como clase explotadora y parásita, Anselm Jappe señala muy acertadamente que «si bien exacta como descripción, esta explicación habría podido apoyarse mucho mejor en Robert Michels, en Wilfredo Pareto o en Max Weber que en Marx.» (p. 181). Es más, Jappe evalúa en términos prácticamente «bordiguistas» el «marxismo crítico» de las décadas de 1950 y 1960 (precursor directo del posoperaismo contemporáneo) cuando subraya la «marcada tendencia» de esta corriente «a reinterpretar la teoría de Marx a la luz de la concepción burguesa de la democracia», y añade que «todas estas teorías tienen en común el no referirse jamás a la crítica marxiana del valor y de la mercancía, y menos aún les atribuyen un papel central.» (p. 25)

[16] «[…] si el antagonismo tiene algún significado, en el corazón de la categoría [del valor] tiene que existir un elemento de incertidumbre, de apertura. Decir que las relaciones sociales son antagónicas equivale a decir que se desarrollan a través de la lucha, y que por tanto jamás pueden considerarse como predeterminadas. Para entender al valor, por tanto, debemos abrir por completo la categoría, entender el valor como lucha, como una lucha de la que inevitablemente formamos parte.» (J. Holloway, “Crisis, Fetishism, Class Composition”, en Open Marxism, p. 158). Uno de los rasgos distintivos de Postone y del grupo Krisis es precisamente su negativa a reconocer el carácter antagónico de dicho proceso, o al menos que en ese carácter antagónico resida el resorte fundamental de su disolución, lo que conduce, si no a negar todo carácter emancipador a la lucha de clases, al menos a atribuirle una propensión fatal a engendrar los chivos expiatorios necesarios para la reproducción del sistema. Para Camatte, en cambio, esta tendencia no surge de la lucha de clases per se, sino de la lógica rackettista-gangsteril que tiende a imponerse en toda «organización» constituida en la sociedad existente, lo que, en el plano político, por ejemplo, desemboca en un continuo proceso de «depuración de responsabilidades» («civilizado» unas veces y sangriento otras) como forma ficticia de resolver contradicciones insolubles.

[17] Acerca de las diversas funciones desempeñadas por la teoría de la crisis en el movimiento obrero de los siglos xix y xx, véase el artículo de G. Marramao «Teoría del derrumbe y capitalismo organizado en las discusiones del “extremismo histórico”­», en ¿Derrumbe del capitalismo o sujeto revolucionario? Ed. Cuadernos de Pasado y Presente nº 78, México 1978.

[18] «Que “las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante” no significa solamente que esas ideas dominantes tienen la mayor difusión material y son aceptadas por la mayoría de la gente; significa también que esas ideas tienden a ser admitidas —en parte e inconscientemente— por los mismos individuos que las combaten más violentamente.» (Cardan-Castoriadis, S. ou B. nº 27, «Proletariado y organización»)

[19] (http://www.metamute.org/editorial/articles/wandering-abstraction)

[20] Ibíd.

[21] Pier Aldo Rovati, «La crítica del fetichismo en el “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse», en Progreso técnico y desarrollo capitalista, Ed. Cuadernos de Pasado y Presente nº 93, México 1982, pp. 209-210.

  1. adé
    19/05/2014 à 19:52 | #1

    Federico Corriente est traducteur-« Esa mala reputacion »- de Guy Debord, il est également auteur, avec Jorge Montero de « Citius, Altius, Fortius », El libro negro del deporte (+vite,+ haut, +fort, le livre noir du sport: Citius, Altius, Fortius est la devise Olympique). Cette somme non traduite en français offre un panorama polémique sur l’histoire du sport, et particulièrement sur le mouvement Olympique, en rapport avec la constitution d’une identité ouvrière aussi bien dans les pays de l’Ouest que dans la sphère socialiste.
    En tant que  » version originale sous-titrée », je lance (re-re-re lance) un appel, très intéressé à traduire ce livre…EntreMonde, Sénonevero…
    Si me quieren escribir, ya saben mi paradero…
    Si vous voulez m’écrire, vous connaissez mon adresse…
    Ay Carmela, Ay Carmela.

  2. adé
    19/05/2014 à 20:05 | #2

    Une présentation du livre en question pour les lecteurs-trices hispanisant-e-s ou hispaniques.
    Citius, altius, fortius
    El libro negro del deporte
    Federico Corriente, Jorge Montero

    Desde la transformación de las fiestas y juegos populares en deportes, pasando por las distintas nociones de cultura física que se han sucedido desde la Antigüedad hasta llegar a nuestros días, este ensayo analiza el proceso de difusión internacional del deporte y su evolución en el seno de la sociedad moderna, prestando especial atención al papel de los deportes en la configuración del liberalismo decimonónico, el colonialismo y el imperialismo, y haciendo especial hincapié en el destacado lugar que ocupan en el discurso ideológico totalitario.

    El deporte no solo es una válvula de escape y un mecanismo de control social sino también una ideología de la competición, de la selección biogenética, del éxito social y de la participación virtual. Lejos de limitarse a reproducir en formato espectáculo las principales características de la organización industrial moderna (reglamentación, especialización, competitividad y maximización del rendimiento), cumple además una misión ideológica de trascendencia universal: encauzar y contener las tensiones sociales engendradas por la modernidad capitalista.

    Este libro es un trabajo crítico, riguroso, muy bien documentado y de lectura ágil, que aborda la relación entre deporte, democracia y totalitarismo desde una perspectiva completamente inédita tanto dentro como más allá de nuestras fronteras.

    Los autores han participado desde los años ochenta en diferentes proyectos de crítica social, huyendo siempre del aire viciado y enrarecido de la militancia política. Casi desde sus inicios forman parte de la columna vertebral de Pepitas de calabaza. Este, su primer libro escrito en coautoría, es un texto, más que brillante, deslumbrante.

    […] El deporte ha dejado de ser un espejo en el que se refleja la sociedad contemporánea para convertirse en uno de sus principales ejes vertebradores, hasta el punto de que podríamos decir que ya no es la sociedad la que constituye al deporte, sino este el que constituye, en no poca medida, a la sociedad. El deporte es la teoría general de este mundo, su lógica popular, su entusiasmo, su complemento trivial, su léxico general de consuelo y justificación: es el espíritu de un mundo sin espíritu. […]

  3. Federico
    31/05/2014 à 13:17 | #3

    Merci beaucoup. Je ne sais qui de mes correspondants francophones a pris l’initiative de faire publier ici ce texte, mais je veut lui remercier pour ces gentils paroles. Je veut aussi signaler l’absence de deux fragments, le premier étant une citation de C. L. R. James, R. Dunayevskaya et G. Lee:

    « El régimen de Ford antes de la sindicalización es el prototipo de las relaciones de producción en la Alemania fascista y la Rusia estalinista. »

    et la deuxième étant le paragraphe finale du texte:

    « El eslabón perdido de la crítica social contemporánea, pues, es el carácter inseparable de la teoría del valor y de la teoría del proletariado (concebido más como portador contradictorio de todas las separaciones que como portador abstracto de su superación), y la unión de ambas en una teoría de la crisis que remita a la configuración concreta de la relación social capitalista en curso. Poco importa que, por motivos históricos fácilmente explicables, y sin que eso menoscabe en modo alguno el interés de su evolución posterior, Jacques Camatte renunciara a ambas: lo fundamental es que mostró su unidad indisoluble, haciéndolo además en el marco de una crítica radical del fetichismo de la organización, de la representación como esencia de la política y del rackettismo como modos de vida de la sociedad existente. »

  4. adé
    02/06/2014 à 11:44 | #4

    Citius, Altius, Fortius
    Le livre noir du Sport
    Ch. IV. Le sport à l’ère de l’impérialisme et du totalitarisme
    Au lieu d’une jeunesse éduquée, comme autrefois, pour le plaisir, croît à présent une jeunesse
    éduquée pour les privations, les sacrifices, et par-dessus tout, pour cultiver un corps sain et résistant.
    Car nous croyons que sans un corps tel aucun esprit sain ne pourra à long terme dominer la nation.
    Voilà qui est merveilleux, avec vous se referme le dernier maillon de l’éducation de notre peuple. Il
    commence avec vous, et ne se terminera que lorsque le dernier allemand sera enterré !
    Adolf Hitler, Discours à la jeunesse au Congrès du NSDAP, 1937
    L’éducation physique des jeunes générations est un élément essentiel de la formation communiste
    de la jeunesse, qui a comme but la création d’un peuple harmonieusement développé, citoyens
    créatifs de la société communiste. Actuellement, l’éducation physique a aussi des objectifs
    immédiatement pratiques : préparer les jeunes pour le travail et pour la défense militaire du pouvoir
    soviétique.
    Vladimir Illich Lénine, Discours au Congrès Pan-Russe de la Ligue des Jeunesses Communistes
    Entre les deux dernières décennies du XIXème et la première du XXème, le moteur
    principal de l’expansion coloniale fut la rivalité parmi les grandes puissances de
    l’Occident pour le contrôle des matières premières, marchés et réserves de main
    d’œuvre d’Asie et d’Afrique.
    Une grande part de l’opinion publique occidentale, convaincue de la supériorité
    culturelle et scientifique de la « civilisation », accueillit favorablement les consignes
    expansionnistes, assimilant la colonisation, dans le pire des cas, à l’accomplissement
    d’une ingrate mais nécessaire « mission civilisatrice ». Un ample secteur du
    socialisme international regarda le colonialisme comme un phénomène « inévitable »
    et porteur, en tout cas, de bénéfiques effets secondaires ; d’autres allèrent jusqu’à
    considérer inopportuns les débats sur ce sujet, et il n’en manqua pas pour proclamer
    ouvertement la supériorité de la race blanche, voyant uniquement les « peuples de
    couleur» comme des concurrents potentiels des travailleurs européens.(22)
    La clôture de la phase « pacifique » de l’expansion impérialiste (c’est-à-dire, sans
    affrontements militaires généralisés entre nations colonisatrices) autour des années
    1880, entraîna une ère de tension entre les principales puissances, à savoir, Grande-
    Bretagne, Allemagne, France, États-Unis et Japon. À partir de 1904, la rivalité anglo-
    allemande éclipse l’antagonisme traditionnel entre la Grande-Bretagne et la France.
    Avec l’entrée sur la scène internationale des États-Unis (guerres de Cuba et des
    Philippines) et du Japon (guerre russo-japonaise) l’ère de l’impérialisme arrive à
    maturité. C’est le début d’un ballet ininterrompu d’alliances diplomatiques et une
    succession de crises internationales qui aboutiront en 1914 à la Première Guerre
    Mondiale.
    L’essor de l’impérialisme fut jalonné, en outre, par l’apparition d’idéologies
    nationalistes et racistes de toutes sortes. Durant les dernières décennies du XIXème
    siècle, l’hostilité des classes dominantes envers les mouvements de masses organisés,
    l’« égalitarisme démocratique » et le « cosmopolitisme », se cristallisa en la
    prolifération d’idéologies exaltant la supériorité culturelle et raciale de l’Occident. Le
    mythe de la supériorité de la race blanche s’enracina profondément en France, en
    Allemagne et aux États-Unis, cependant c’est sans conteste en Angleterre qu’il
    rencontra le plus vif succès, où sous l’impulsion de Disraeli l’impérialisme devint
    l’idéologie nationale à partir de 1870.
    Le fondateur de l’eugénisme, Francis Galton (1822-1911), par exemple, proposa non
    seulement une « sélection artificielle » destinée à « améliorer la race » et à favoriser
    la reproduction des classes supérieures, mais pressa également les gouvernements de
    cesser de secourir les faibles et les défavorisés, qualifiés de dégénérés et d’abrutis.
    Winston Churchill, ministre de l’ Intérieur en 1910, plaida pour la stérilisation de cent
    mille « dégénérés mentaux » ainsi que la déportation de plusieurs dizaines de milliers
    d’autres vers des camps de concentration afin de sauver la « race britannique » de la
    décadence. En 1920, lorsqu’il fut nommé Secrétaire d’État à la Guerre, il déclara à la
    suite d’une série de soulèvements contre l’occupation britannique en Irak au sujet de
    la possibilité d’employer des armes chimiques contre des « arabes récalcitrants »: « Je
    ne comprends pas tous ces atermoiements autour de l’emploi des gaz. Je suis
    clairement pour utiliser les gaz toxiques contre des tribus barbares ». ( Le cabinet
    britannique, réticent à l’emploi d’une arme qui avait causé tant de ravages et suscité
    tant de contestation lors de la Première Guerre Mondiale, donna cependant son aval à
    son emploi avant de leur préférer une campagne de raids aériens qui servit de ban
    d’essai aux bombardements de saturation lancés contre les villes allemandes pendant
    la Seconde Guerre Mondiale ).
    Nonobstant, et bien qu’il soit aisé de nous arrêter afin d’examiner à loisir les
    élucubrations bien connues des Gobineau, Chamberlain et autres idéologues
    canoniques du racisme, nous pensons plus intéressant d’attirer l’attention sur un
    discours national-impérialiste aux impeccables lettres de créances démocratiques et
    multi-culturelles, qui commença sa gestation à l’aube du XXème siècle aux États-
    Unis. Au cours des premiers rendez-vous olympiques, la presse européenne, surtout
    britannique, s’en prenait ouvertement aux délégations des athlètes étatsuniens, qu’elle
    traitait d’armadas multicolores d’immigrés mercenaires. Les Nord-Américains, de leur
    côté, protestant vivement devant ces attaques insidieuses contre leur « race » multi-
    ethnique et, fermant totalement les yeux à la réalité quotidienne de la ségrégation
    réellement existante, tant dans l’ensemble du pays que dans les institutions sportives,
    se livraient à d’obscènes spéculations métaphysiques autour de la pureté de leurs
    institutions démocratiques et leur existence en tant que « creuset des races » les
    considérant comme le grand secret de leur supériorité sportive sur le Vieux-Monde.
    (23)
    En tout cas, il semble évident que la diffusion d’un discours grossièrement
    nationaliste et raciste n’aurait pas été suffisant par lui-même pour lier les masses des
    métropoles aux élites et à leurs projets impérialistes. Le rôle joué dans la «
    nationalisation » de la classe ouvrière par l’idéologie du progrès et du « bien-être »,
    matérialisée par la hausse des salaires et la réduction de la journée de travail, ainsi
    que l’extension du droit de vote à une partie de la classe ouvrière furent certainement
    des éléments bien plus décisifs. En retour, l’augmentation « du temps libre » des
    classes populaires fut la condition sine qua none de la viabilité d’une naissante«
    culture de la consommation », au sein de laquelle la diffusion des sports et leur
    transformation en spectacles de masses fut un élément fondamental.(24)
    L’un des objectifs principaux de la politique impérialiste était de saper la puissance
    des mouvements ouvriers et de prévenir l’éventualité de leur radicalisation, péril qui
    aux alentours du tournant du siècle, finit par devenir très réel, lorsque les
    transformations au sein des fabriques et les premiers pas de ce que l’on nommera plus
    tard l’ « organisation scientifique du travail » provoquèrent tout d’abord la sclérose,
    puis la crise irréversible du syndicalisme de métier, ouvrant aux industries un vaste
    réservoir de travailleurs semi-qualifiés, fréquemment d’origine rurale et immigrée(et
    d’une combativité inattendue). Cependant, le projet patronal visant au recrutement par
    ce moyen d’un contingent de travailleurs plus dociles et meilleur marché ne fut pas
    couronné de succès, et les conflits liés au travail allèrent crescendo jusque dans les
    années 1920.
    À la fin du XIXème siècle, Joseph Chamberlain, homme d’affaires et politicien
    influent (et pour cela même, défenseur tenace des réformes sociales en politique
    intérieure), qualifia l’impérialisme de « politique juste, avisée et économique, surtout
    compte tenu de la concurrence sur laquelle butte l’Angleterre sur le marché mondial
    de la part de l’Allemagne, des États-Unis, et de la Belgique ». À l’extrême opposé du
    spectre politique, Lénine, dans son œuvre L’impérialisme, stade suprême du
    capitalisme (1916), cite un article paru en 1898 dans la revue mensuelle social-
    démocrate allemande Die Neue Zeit, dans lequel Cecil Rhodes (homme d’affaires,
    politicien, et colonisateur anglais de l’Afrique du Sud) déclara en 1895 à son ami le
    journaliste Stead :
    J’étais hier dans le East End à Londres où j’ai assisté à une assemblée de chômeurs. J’ai écouté des
    discours échevelés qui n’étaient qu’un cri demandant «du pain», « du pain ». Pendant mon retour,
    j’ai médité à ce sujet et me suis convaincu plus encore de l’importance de l’impérialisme.[…] L’idée
    que je caresse est une solution pour la question sociale, à savoir : afin de sauver les quarante
    millions d’habitants du Royaume-Uni d’une funeste guerre civile, nous, les politiciens coloniaux,
    devons acquérir de nouveaux territoires pour y installer l’excédent de notre population et y trouver
    de nouveaux débouchés aux produits de nos fabriques et de nos mines. L’Empire, je l’ai toujours dit,
    est une question de survie. Si l’on veut éviter la guerre civile, il faut devenir impérialiste. [J.A.
    Hobson,V.I. Lenin 2009 : 476].
    Simultanément, les gouvernants eurent recours à toute une panoplie de stratégies afin
    de limiter l’impact du nouvel électorat de masses sur l’État et la vie politique. Leur
    objectif de base était d’intégrer le mouvement ouvrier organisé dans le jeu politique
    institutionnalisé, entreprise pour laquelle ils pouvaient compter sur le concours de la
    majorité des dirigeants de la Deuxième Internationale. Malgré leur profession de foi
    internationaliste, les partis de la Deuxième Internationale ont été dès le départ un
    agglomérat de partis nationaux voués fondamentalement à l’amélioration de la
    situation de chacune des classes travailleuses nationales par le moyen de l’action
    syndicale et parlementaire, sans trop se préoccuper de ce qui se passait en dehors de
    son propre cadre national-étatique. L’idéologie révolutionnaire de la frange marxiste
    orthodoxe servit tout au plus d’alibi « radical » à une pratique substantiellement
    identique à celle des réformistes, centrée, comme celle de ces derniers sur la
    conjoncture propre de chaque capital national. C’est pourquoi, quand commença à se
    profiler à l’horizon la période de violence internationale qu’allait déclencher
    l’apparition de l’impérialisme, cette tendance contribuera également, quoique d’une
    manière peut-être plus indirecte, à promouvoir le nationalisme dans les rangs
    ouvriers, et sabotera par tous les moyens l’adoption d’une perspective internationaliste
    conséquente.
    Entre temps, les classes dirigeantes, commençaient à découvrir dans les spectacles
    sportifs, tout nouveaux et toujours plus populaires, un moyen idoine à l’établissement
    de sentiments d’identité collective, de cohésion nationale et d’intégration sociale.
    Avec le changement de siècle, la célébration des compétitions sportives entre
    différentes nations demeura indissolublement liée à l’emploi de symboles et de rites
    d’identification patriotique, comme la cérémonie de l’envoi des drapeaux et le chant
    de l’hymne national.
    Depuis qu’en 1889 La Marseillaise fut exécutée au cours d’exercices athlétiques
    organisés lors de l’Exposition Universelle de Paris, cet hymne fut repris à chaque
    rencontre impliquant une équipe nationale française. De plus, les manifestations de
    nationalisme furent présents dès la première olympiade de l’époque moderne. Les
    Jeux Olympiques d’Athènes (1896), initiés le jour anniversaire du début de la guerre
    d’indépendance grecque, furent mis à profit par la monarchie hellène pour
    revendiquer la Crète, possession de la Turquie à cette date, ce qui agira comme
    détonateur de la guerre gréco-turque qui éclata un an plus tard. L’avocat britannique
    George Robertson, qui participa aux épreuves de lancement du disque, écrivait en
    1901 : « Politiquement, à n’en pas douter, les jeux ont beaucoup contribué à produire
    la guerre avec la Turquie ».
    Le mouvement olympique, expression la plus épurée de cette dérive impérialiste, fut,
    comme nous l’avons déjà souligné, le résultat indirect de la diffusion du sport anglo-
    saxon au cours de la deuxième moitié du XIXème siècle. L’objectif initial de
    l’olympisme de Coubertin était d’utiliser les rencontres sportives internationales et la
    compétition entre les « nations civilisées » pour promouvoir l’introduction de
    changements dans le système éducatif français afin de former les nouvelles
    générations de la jeunesse bourgeoise capables d’assurer l’expansion coloniale en
    outre-mer.
    De surcroît, les premières olympiades contenaient déjà le germe du sport comme
    spectacle et consommation qui sévit aujourd’hui. Pendant longtemps, les jeux
    olympiques ne furent rien d’autre que l’appât publicitaire des Expositions
    Universelles, ces grandes foires commerciales où le capitalisme triomphant glorifiait
    les triomphes de la science, la technologie, les manufactures et le colonialisme.
    Les conceptions idéologues de Coubertin n’étaient pas, a priori, hostiles à la
    participation entrepreneuriale dans les affaires olympiques, loin s’en faut. Le baron
    décida de célébrer la seconde édition des Jeux Olympiques à Paris, dans l’espoir que
    l’Exposition Universelle de 1900 leur offre une ambiance propice, mais aussi d’y
    trouver des appuis financiers. Autrement dit, les jeux ne furent qu’une petite partie du
    programme de spectacles organisés au cours de l’Exposition. À un point tel que le
    concours olympique fut appelé Concours Internationaux d’Exercices Physiques et de
    Sports. Nonobstant, l’entreprise se solda par un échec total faute au manque de
    soutien de la part des organisateurs, comme le baron l’avoua des années après dans
    ses Mémoires Olympiques :
    Vincennes était à l’abandon : ni argent, ni stade, ni terrain. Finalement nous dûmes nous tourner
    vers les associations pour obtenir d’elles l’appui et les terrains de jeux, principalement vers le
    Racing Club. L’Olympiade de Paris et sa coïncidence avec l’Exposition Universelle démontra que
    l’on ne devait permettre que les jeux coexistent avec certaines de ces grandes foires, au milieu
    desquelles sa valeur philosophique disparaît et sa portée pédagogique devient inopérante.
    Malheureusement, l’union scellée, se révéla plus solide que nous le pensions. Par deux fois, en 1904
    et 1908 nous dûmes supporter, pour des raisons financières, le contact avec les expositions. [J. Le
    Floc’hmoan 1965 : 225].
    En effet, loin de s’atténuer, l’ingérence entrepreneuriale n’alla qu’en s’accentuant.
    Ainsi, au cours des Olympiades de Saint Louis (États-Unis) en 1904, connues
    également sous le nom de Louisiana Purchase Exposition, qui devaient en principe se
    tenir à Chicago. Cependant, Saint Louis, capitale du coton et centre industriel
    important, se disposait alors à commémorer le centenaire de son intégration aux
    États-Unis, raison pour laquelle la ville exigea non seulement d’y installer
    l’Exposition Universelle, mais l’organisation des jeux, brandissant la menace d’un
    boycott si les ceux-ci se déroulaient à Chicago.
    Un spectacle curieux, mais significatif, appelé le Anthropology Days, s’inséra dans
    cette olympiade, les organisateurs en étaient William J. McGee, directeur du
    département d’Anthropologie de la Louisiana Purchase Exposition et James E.
    Sullivan, l’un des fondateurs de la Amateur Athletic Union. Si l’idée semble bien
    revenir à Sullivan, ce fut McGee qui enrôla les Pygmées, Philippins, Patagons et
    Indiens nord-américains qui participaient aux exhibitions ethniques de la foire pour
    s’illustrer dans des épreuves « sportives » parallèles, dont la plupart d’entre eux
    n’avaient, ne serait-ce même, qu’entendu parler, dans le but « scientifique » de
    comparer les prouesses physiques des « sauvages » à celles d’hommes « civilisés » et
    par là démontrer la supériorité de ces derniers. Tout d’abord, Coubertin justifia ce
    spectacle comme une « espièglerie d’un pays jeune », avant de devoir rectifier en le
    qualifiant de « mascarade outrageante ». Vu le racisme notoire du baron (deux ans
    seulement auparavant, il s’était fait l’écho des résultats du Congrès de Sociologie du
    Colonialisme de l’année 1900, qui selon lui avait définitivement éradiqué « les
    théories au sujet des races et du progrès absolu, disséminée par la révolution et
    sources de tant d’erreurs et de fautes »), son indignation ne pouvait provenir du
    simple fait d’organiser un spectacle abrutissant et humiliant sur le dos de quelques «
    sauvages », mais plutôt parce que cette « participation » des « races inférieures »
    avaient eu lieu sans que celles-ci aient bien assimilé les principes de la « civilisation
    athlétique ». Le spectacle critiqué comportait en effet un double danger : intensifier la
    haine des peuples colonisés contre les puissances impérialistes, et pis encore, mettre
    en évidence que grand nombre de ces « sauvages » n’avaient pas le moindre désir de
    ressembler aux « civilisés » ni de prendre part à des activités pour eux dépourvues de
    sens.
    Les Olympiades de Londres (1908) se déroulèrent dans le cadre d’une exposition
    franco-britannique, fruit du rapprochement entre ses deux nations traditionnellement
    rivales, face à la montée en puissance militaro-économique de l’Allemagne. Loin
    d’avoir lieu dans cette ambiance idyllique de concorde universelle supposée prévaloir
    lors d’un rendez-vous olympique, ces jeux furent dominés par les épouvantables et
    sombres nuages de la conflagration mondiale qui se profilait. Un autre fait éloquent
    se produisit lors de cette olympiade, en effet de nombreux territoires soumis à
    l’autorité de l’Empire britannique sollicitèrent leur participation en tant que nations
    indépendantes, le COI, exhibant son sens habituel de la modération et de
    l’impartialité, non seulement refusa fermement cette demande saugrenue, mais eût la
    gentillesse d’ajouter qu’il serait permis aux Britanniques de présenter des équipes
    autonomes pour l’Angleterre, l’Écosse, le Pays de Galles, et l’Irlande. (25)
    Pourtant, le trait le plus saillant de cette Olympiade fut, et ce dès la journée
    inaugurale, la rivalité et la prolifération d’incidents entre Britanniques et États-
    Uniens, entre l’empire déclinant et l’empire ascendant. C’était le premier défilé des
    délégations derrière leurs drapeaux, le porte-drapeau des États-Unis provoqua un
    grave incident en ne rendant pas les honneurs à Édouard VII, « car le drapeau de
    s’incline pas, même devant un roi » (apparemment, les Britanniques avaient « oublié
    » de hisser la bannière étatsunienne parmi les autres, le jour de l’inauguration).
    L’antagonisme entre les étatsuniens – dont un grand nombre d’origine irlandaise,
    récemment arrivés aux USA et parmi lesquels on peut supposer quelques
    professionnels-, et les amateurs * britanniques, appartenant aux classes privilégiées et
    très critiques quant à la préparation physique des américains, donna le ton. Arthur
    Conan Doyle, qui fit office de juge pour les épreuves d’athlétisme, et qui semble-t-il
    digéra fort mal le fait qu’à leur retour aux États-Unis, les athlètes se soient présentés à
    la mairie de New-York accompagnés d’un lion enchaîné ( symbole de l’Empire
    britannique), proposa donc d’organiser pour les prochaines olympiades une équipe
    réellement « impériale » au sein de laquelle les Sud-Africains, Australiens et
    Canadiens lutteraient sous une seule bannière avec les fils de la mère-patrie pour faire
    face aux « peaux-rouges, nègres et sauvages de toute catégorie » envoyés par les
    Nord-Américains. Qui plus est, et dans le suprême but de la victoire contre les
    parvenus adversaires yankees, le créateur de Sherlock Holmes n’hésita pas à proposer
    d’incorporer à l’équipe impériale britannique des lutteurs des antipodes, coureurs
    hindous et nageurs cinghalais ou malais.
    Les premières olympiades célébrées sans Exposition Universelle furent celles de
    Stockholm (1912). Cette nouveauté, qui semblait augurer à elle seule le triomphe et
    consolidation du projet olympique, n’empêcha toutefois pas les jeux de se transformer
    sans délai en plate-forme des tensions inter-impérialistes. Les problèmes surgirent
    lorsque la Bohême, la Hongrie et la Finlande (pays comptant alors des équipes et des
    représentants au COI), annoncèrent leur intention de défiler sous leurs propres
    drapeaux et non sous ceux des empires austro-hongrois et tsariste.
    Puisque Coubertin avait admis le Hongrois Ferenc Kemeny et le Tchèque Jiri Guth
    comme membres fondateurs du COI durant le Congrès Olympique de 1894, il se tira
    de l’ornière en déclarant que la géographie sportive ne devait pas nécessairement
    coïncider avec la géographie politique. Grâce à cette interprétation, on convint que
    les Hongrois participent avec leur propre équipe et sous leur drapeau (de toutes
    façons, l’Autriche et la Hongrie participaient séparément depuis 1896), mais en cas de
    victoire finnoise ou tchèque, les drapeaux tsariste et austro-hongrois seraient hissés
    avec des rubans aux couleurs de ces pays. (Le drapeau russe fut hissé à neuf reprises,
    chaque fois pour une victoire « finnoise »).
    Les conflits internes des États constitués et de ceux qui allaient naître, ainsi que les
    affrontements entre coalitions impérialistes, ne firent qu’être transportés dans le stade
    olympique, dénouement prévu et applaudit par Charles Maurras, fondateur de
    l’Action Française, grand adversaire de Coubertin et ennemi acharné de tout «
    cosmopolitisme ». Après avoir observé tant le comportement du public que celui des
    sportifs, Maurras qui avait assisté en 1896 comme correspondant de presse à la
    première édition des jeux olympiques modernes à Athènes, concluait enthousiaste que
    ces festivals internationaux allaient servir des buts diamétralement opposés à
    l’odieuse fraternisation entre les peuples : « Comme nous pouvons le voir, les patries
    n’ont pas été encore détruites. La guerre n’est pas morte non plus.[…] À présent les
    peuples vont entrer directement en contact par le sport, ils vont s’insulter, et se
    quereller face à face. L’illusion éthérée qui les a réunit ne fera que faciliter les
    incidents internationaux » [Ch.Maurras 2007 : 22].
    Les prédictions de Maurras ne tardèrent pas à se voir confirmées et même
    surpassées : la Grande Guerre exacerba les nationalismes sportifs et le stade se
    transforma en un des lieux de prédilection du revanchisme. Rien d’étonnant à cela
    d’autre part, si l’on prend en compte que si Coubertin présentait bien la restauration
    des jeux olympiques comme moyen de propager la concorde internationale, il a
    toujours fermement rejeté le pacifisme comme base des relations entre nations. D’où
    sa conception particulière de l’internationalisme :
    Il y a deux façons de comprendre l’internationalisme. La première est celle des socialistes,
    des révolutionnaires et, en général, des théoriciens et des utopistes ; ceux-ci entrevoient un
    gigantesque nivellement transformant l’univers civilisé en un État sans frontières ni imprévus, et
    l’organisation sociale dans la plus monotone des tyrannies ; la seconde est celle d’hommes qui
    observent sans prendre parti et, au lieu de leurs idées préférées, tiennent compte de la réalité. Ceux-
    ci considèrent depuis fort longtemps que les caractéristiques nationales sont une condition
    indispensable àla vie d’un peuple et que, loin de les affaiblir, le contact d’autres peuple le fortifie et
    l’avive [A. Bruns 1986 : 252].
    Autrement dit : l’internationalisme sportif et l’idéologie de l’olympisme sont de jolis
    sophismes, mais ils n’ont aucune valeur et bien qu’ils puissent nous faire esquisser un
    sourire l’espace d’un instant, ils ne doivent en aucun cas être pris comme norme de
    conduite. Ce que Coubertin avait vraiment inauguré avec sa « restauration olympique
    » n’était autre qu’une plate-forme d’établissement de la suprématie de nations sur
    d’autres nations au moyen de la compétition sportive.
    EN JUIN 1914, la session du COI qui se tînt à Paris choisit Berlin pour les Jeux de
    1916. Contre la prétention coubertinienne de séparer la géographie sportive de la
    géographie politique, ce fut le critère défendu par l’Allemagne et l’Empire Austro-
    hongrois, selon lequel seuls pouvaient prendre part au jeux des États souverains qui
    s’imposa. (Pour occulter sa défaite, Coubertin, la Première Guerre Mondiale terminée,
    refusa que fussent publiés les extraits de cette session). Les Britanniques ne s’y
    opposèrent pas, puisqu’ils purent présenter des équipes d’Australie, du Canada et
    d’Afrique du Sud. Les seuls à s’y refuser furent la Bohême, pour des raisons
    évidentes, et les États-Unis, car cet impérialisme, jeune et plein de vigueur découvrait
    dans le droit des peuples à l’auto-détermination le manteau sous lequel couver ses
    ambitions politiques et économiques.
    Lorsque qu’éclata la Première Guerre Mondiale en août 1914, le commandement
    militaire allemand ne pronostiquait pas ( à l’instar de celui des Alliés ) seulement un
    conflit très bref, mais une authentique promenade militaire. C’est pourquoi
    l’Allemagne qui avait inauguré le stade un mois avant le début des hostilités, ne
    renonça jamais à organiser les Olympiades de Berlin.(26). Coubertin ne croyait pas
    non plus à la prolongation des combats, et jugea superflu de transférer le siège
    organisationnel des jeux, malgré la demande de plusieurs pays membres du COI
    d’expulser l’Allemagne des organes de direction du Comité Olympique, suite à
    l’invasion par celle-ci de la Belgique ( 1914 ). Peu de temps après, le baron, craignant
    que les Allemands ne sollicitent le transfert du siège du COI sur leur territoire en tant
    que pays organisateur, décida de sa propre autorité et sans la moindre consultation de
    le transférer provisoirement. C’est ainsi que le 10 avril 1915, il désigna le palais de
    Mon-Repos ( sis dans la ville suisse de Lausanne ) siège officiel de cet organisme, et
    afin d’éviter que le problème ne vint à se reposer, il rendit cette décision permanente.
    En 1916, Coubertin qui avait alors cinquante-deux ans, et se glorifiait de présider «
    un mouvement de paix, d’harmonie universelle et d’union entre les peuples », s’enrôla
    cependant dans l’armée française. Pourtant, la chance voulut qu’on lui assigne un
    destin privilégié à l’arrière-garde, ce qui lui permis de ne pas patauger dans la boue
    des tranchées. Finalement,considérant incompatible la charge de président du COI
    avec le métier de soldat, il demanda donc au baron suisse Godefroy de Blonay
    d’exercer la présidence intérimaire du COI, ce que ce dernier fit de 1916 et 1919.
    En février 1918, dernière année d’une tuerie mondiale qui se solda par plus de huit
    millions de morts et vingt-et-un millions de blessés, Coubertin pas n’hésita pas à
    prononcer à Lausanne un discours dans lequel il répéta que les quarante dernières
    années avaient permis à la France d’écrire « la page la plus admirable parmi les
    épopées coloniales et de conduire la jeunesse, à travers des périls d’un pacifisme et
    d’une liberté portés à l’extrême, jusqu’à la mobilisation d’août 1914, qui demeurera
    l’un des spectacles les plus merveilleux que la Démocratie ait offert au monde »[P.
    Coubertin 1973 : 83].
    Pour autant, il n’est pas très surprenant que, parmi les nombreuses conséquences
    fulgurantes entraînées par la Première Guerre Mondiale, l’une de celles-ci fut le
    discrédit total dans lequel sombra l’idéal olympique comme promoteur de paix entre
    les nations. Car la sanglante boucherie bouleversa, non seulement l’ensemble du
    cadre géopolitique, en précipitant la désintégration du régime impérial en Turquie,
    Russie, Autriche et Allemagne, mais se répercuta immédiatement sur l’organisation, et
    la désorganisation des compétitions internationales.
    Le calendrier sportif « international » fut renoué à l’occasion de la célébration des
    Jeux Inter-Alliés à Paris en 1919 ( au cours desquels, l’une des épreuves consista au
    lancer des grenades offensives ). Organisés par initiative conjointe du général
    Pershing ( alors membre du Comité Olympique Étatsunien ) et de l’YMCA,
    représenté par Elwood S. Brown, seules les nations faisant partie de la coalition des
    vainqueurs furent autorisées à y concourir. Cependant, les jeux inter-alliés passèrent,
    sans peine ni gloire dans l’indifférence générale, les temps n’étaient pas très propices
    à la célébration de victoires militaires. Lucien Dubech, chroniqueur littéraire
    monarchiste et ultra-nationaliste, rapporte sarcastiquement cet épisode, dans un livre
    paru sept ans plus tard, intitulé Où va le sport ? :
    Au printemps 1919, en pleine liesse du retour de la paix des jeux entre les nations alliées furent
    organisés à Paris. Par une heureuse ironie, la finale de rugby pris place le jour même de la signature
    du Traité de Paix de Versailles. La partie fut une si joyeuse boucherie qu’un témoin, Monsieur Allan
    Muhr, dira avec humour : « C’est le maximum que l’on puisse faire sans couteaux ni pistolets »
    [B.Jeu 1998 : 143].
    Du 5 au 8 avril 1919, cinq mois seulement après la fin de la guerre, le COI ouvrit à
    Lausanne sa 17ème session. Une de ses priorités était de déterminer le siège des Jeux
    de 1920. Avant le déclenchement des hostilités, les villes candidates désignées étaient
    celles de Budapest et d’Anvers. Les Hongrois étaient donnés favoris, mais puisqu’il
    figuraient à présent dans le camp des vaincus, Anvers fut choisie pour organiser les
    Jeux de 1920.
    Les alliés, Grande-Bretagne en tête, exigèrent l’exclusion des anciennes puissances
    centrales. Mais, parce que ceci aurait attenter aux principes fondamentaux du COI,
    Coubertin eu recours à une astuce :
    La solution est fort simple. Selon la formule en vigueur depuis 1896, le Comité Organisateur de
    chaque olympiade envoie les invitations. Cette distribution lui incombe totalement, sans que le
    principe d’universalité soit remis en cause pour cela. Dans ce cas le COI n’était pas dans l’obligation
    de prendre une nouvelle décision. Cependant, et contre l’avis de plusieurs d’entre nous, c’est une
    voie intermédiaire qui fut adoptée, consistant à énumérer les pays invités sous prétexte que les
    autres n’avaient pas de représentants au COI. Ce fut une double erreur, car bien que la mort en
    Allemagne et les démission ailleurs aient clairsemé nos rangs, il y avait encore des Hongrois, qui
    n’étaient pas morts, ni sur le point de se démettre [ K. Lennartz 1998 : I ].
    En conséquence, et avec la bénédiction tacite de Coubertin, Anvers se refusa
    d’envoyer l’invitation à l’Allemagne, Autriche, Hongrie, Bulgarie, Turquie, Roumanie
    et Pologne. Bien entendu, la République Russe de Soviets (qui avait déjà annoncé son
    retrait de toutes les compétitions sportives bourgeoises) ne fut pas invitée non plus,
    cependant que le prince Léon d’Ouroussov, représentant de la Russie tsariste,
    demeurait membre du COI.
    La diplomatie britannique ne se satisfit pas en interdisant la participation des vaincus
    ; elle insista en outre pour écarter des compétitions internationales les nations neutres
    qui avaient maintenu des contacts sportifs avec l’Allemagne ou ses alliés durant la
    guerre. La politique d’exclusion des vaincus ne resta évidemment pas circonscrite aux
    jeux olympiques, mais s’étendit également au reste des compétitions. Ce fut la
    position adoptée par la Football Association anglaise, qui en appela à la Fédération
    Internationale de Football Association (FIFA, fondée en 1904 à Paris) afin d’exclure
    l’Allemagne, l’Autriche, et la Hongrie des compétitions internationales. La FIFA s’y
    refusa, sur quoi les représentants britanniques abandonnèrent le football en 1920, en
    signe de protestation. (27) Peu de temps après, les associations de football d’Écosse,
    d’Irlande et du Pays de Galles se séparèrent de la fédération britannique, et revinrent
    sur cet état de fait qui interdisait aux clubs de Royaume-Uni de rencontrer les
    puissances des anciens empires centraux et leurs alliés.
    Après la Grande Guerre, le veto britannique fut appliqué au pied de la lettre par le
    gouvernement français, dont le Comité National des Sports interdit aux fédérations
    sportives affiliées de participer aux compétitions internationales avec des Allemands,
    Autrichiens, hongrois, Bulgares ou Turcs, c’est-à-dire, avec des États non admis dans
    la Société des Nations. De fait, les relations sportives entre les alliés et les États
    vaincus ne se rétabliront, définitivement et dans tous les sports, que lorsque les ex-
    Puissances Centrales furent admises dans la Société des Nations (Allemagne le fut en
    1926).
    Nonobstant, les fédérations internationales furent loin d’appliquer également ces
    directives. Dès le début des années vingt, Suisse, Norvège et Suède ne virent aucun
    inconvénient à accepter la participation allemande lors de rencontres internationales.
    Les championnats du monde de cyclisme furent célébrés à Berlin en juillet-août 1920.
    Alors qu’en 1922, des athlètes français et allemands s’affrontèrent au cours du
    Marathon International de Turin. La même année, des boxeurs français disputèrent
    des matchs en Allemagne, malgré l’interdiction expresse de la Fédération Française
    de Boxe de toute rencontre avec des sportifs des empires centraux, des parties de
    football entre clubs allemands et français eurent également lieu, mais aucune
    rencontre officielle entre les alliés et les pays vaincus.
    En 1921, Coubertin envoya une circulaire aux membres do COI dans laquelle, outre
    faire connaître son intention de démissionner après les Jeux de 1924(28), et tout en
    avouant que la candidature d’Amsterdam était la plus adéquate, il ajoutait :
    L’heure de la relève arrivée, et jugeant son œuvre personnelle bien loin d’avoir été achevée,
    personne ne marchandera au rénovateur des jeux olympiques le droit de demander une faveur
    exceptionnelle pour sa ville natale, Paris, où grâce à son dévouement fut préparée puis
    solennellement proclamée la reprise des olympiades, le 23 juin 1894. Je désire donc vous avertir
    loyalement, chers collègues, que lors de notre prochaine réunion, j’aurais besoin de votre aide pour
    que dans cette grande circonstance vous m’offriez le sacrifice de vos préférences personnelles et de
    vos intérêts nationaux en octroyant la IX Olympiade à Anvers, et en proclamant Paris siège de la
    VIII [F.Yagüe : 142].
    Le Congrès de Lausanne en 1921 interpréta les désirs du baron -ou, pour plus
    d’exactitude, les pressions auxquelles il fut soumis de la part des autorités sportives
    françaises-comme des ordres, et les Jeux Olympiques de 1924, qui auraient dû avoir
    lieu à Amsterdam se firent à Paris, ville qui devint ainsi la première à organiser les
    jeux à deux reprises.
    La question des pays non invités aux Jeux d’Anvers revint sur la table au cours de la
    session de Rome (1923) à propos des Olympiades de Paris. Une fois de plus, le COI
    se lava les mains et laissa la liberté de choix à la ville organisatrice. Conséquemment,
    Paris invita la Hongrie, Turquie, Autriche, Bulgarie, Roumanie et Pologne, mais
    n’invita pas l’Allemagne. Une fois encore, le prétendu « esprit olympique » était mis à
    mal, sous le commode prétexte que, malgré les six années écoulées depuis la fin de la
    guerre, la haine française envers les allemands était encore trop vive pour permettre
    aux boches de fouler le sol gaulois.
    Comme de bien-entendu, la décision d’organiser les Jeux de 1924 à Paris, ainsi que la
    réitération de l’exclusion de l’Allemagne entraînèrent dans ce pays et ailleurs une
    vaste campagne de discrédit et de boycott. De fait, les jeux se seraient trouvés
    sérieusement amoindris si les pays scandinaves, comme cela a été un temps leur
    intention, avaient organisé une contre-olympiade, appelée l’Olympiade du Nord, qui
    devait coïncider avec le tricentenaire de la ville de Christiana, et à laquelle les
    Allemands auraient été conviés.
    Quoi qu’il en soit, à quelques mois de l’inauguration des Jeux de Paris, de nombreuses
    nations avaient déjà rétabli (officiellement ou non) des relations sportives avec
    l’Allemagne et les pays vaincus. En faisant la sourde-oreille aux interdits et
    recommandations des institutions sportives anglo-françaises, certaines fédérations
    internationales adoptèrent une politique autonome qui fissura peu à peu le cordon
    sanitaire dressé par les autorités franco-britanniques.
    Les années qui suivirent la fin de la Grande Guerre furent celles de la montée en
    puissance du phénomène du « sport ouvrier » se cristallisant dans la formation de
    deux associations rivales : l’Union internationale Ouvrière pour l’Éducation Physique
    et le Sport, fondée en 1920 et connue jusqu’en 1928 sous le nom informel
    d’Internationale de Lucerne ( IDL ) et l’Association Internationale Sportive Rouge et
    des Organisations de Gymnastique, plus connue sous le nom d’Internationale Sportive
    Rouge ( IDR ), créée suivante à Moscou. Le mouvement était particulièrement
    présent en Europe Centrale, concrètement en Allemagne, Autriche et
    Tchécoslovaquie, dans une large mesure grâce au climat politique et social résultant
    de la fin des empires des Habsbourg et des Hohenzollerrn. Au début des années vingt,
    selon les estimations établies par James Riordan dans The Worker’s Olympics, le
    mouvement gymnique et sportif ouvrier comptait environ cent mille associés en
    Autriche, deux-cents mille en Tchécoslovaquie et plus d’un million en Allemagne,
    chiffre qui dépassait de loin la somme totale d’affiliés dans le reste de l’Europe.
    Le mouvement d’expansion international du « sport ouvrier », s’était initié en 1908
    avec la fondation de la « Fédération Sportive et Athlétique Socialiste » soutenue par
    la section française de l’Internationale Socialiste. Cinq ans plus tard, les représentants
    des associations sportives ouvrières de plusieurs pays se réunirent à Gand où ils
    fondèrent la Fédération Socialiste de Sport et Gymnastique ( FSSG ), ou
    Internationale de Gand, qui établit rapidement des contacts avec des associations de
    Belgique, d’Allemagne et de Grande-Bretagne. Néanmoins, les activités de cette
    fédération se virent tronquées par la politique de « l’union sacrée » adoptée par la
    plupart des partis socialistes européens se qui mena à la dissolution de cette
    fédération quant éclata la Première Guerre Mondiale.
    Le mouvement sportif ouvrier antérieur à 1914 mettait l’accent sur la participation
    égalitaire dans la culture physique des travailleurs de tout âge et sexe, ainsi que dans
    des activités encore assez peu empreintes de compétition, comme la gymnastique, le
    cyclisme, la natation et la randonnée. Il se considérait au fond lui-même comme un
    mouvement qui sauvegardait les « valeurs » du sport et de l’éducation physique face à
    sa corruption par les « excès » du sport de compétition bourgeois.
    Une fois la guerre terminée, on put tout de même observer que la paysage sportif
    international était en train de changer d’une manière à la fois rapide et radicale, ce que
    confirma la refondation de l’éphémère Internationale de Gand, tout d’abord en 1920,
    puis en 1927. Au début l’organisation s’appela Association Internationale pour le
    Sport et la Culture Physique, mais cinq années plus tard elle se rebaptisa du nom
    d’Internationale Sportive Ouvrière, changement d’appellation qui reflète la place de
    plus en plus grande prise par le sport de compétition face à la simple « culture
    physique » et à l’amateurisme. Il n’est donc pas surprenant que l’emphase bourgeoise
    sur les records et la victoire, pourtant vilipendée, s’infiltre toujours plus dans le
    mouvement sportif « ouvrier » et que ses organes de presse ouvrent toujours plus
    leurs pages à la dimension spectaculaire du sport organisé.
    Julius Deutsch(29), (1884-1968) figure éminente de la social-démocratie « austro-
    marxiste », exposa la doctrine du « sport ouvrier » dans un bref ouvrage intitulé Sport
    und Politik (1928). Selon Deutsch, la pratique du « sport ouvrier » affirmait la
    personnalité, renforçait les liens personnels entre travailleurs au travers d’activités
    collectives et constituait une arme pour l’émancipation culturelle de la classe
    ouvrière, à l’inverse du sport bourgeois, exaltant la force virile, l’individualisme, la
    compétition et le lucre. Si, une décennie à peine auparavant, le sport avait été la
    chasse-gardée presque exclusive d’amateurs d’origine bourgeoise ou aristocratique, à
    partir du milieu des années 1920 il s’était déjà transformé en un phénomène de masse
    habilement exploité par la bourgeoisie afin de promouvoir la collaboration de classes
    et le nationalisme.

    Voici donc une traduction du Ch. IV du Livre de Federico Corriente et Jorge Montero.
    Ne pourrait-on pas ouvrir une souscription couvrant le travail de traduction (environ 4.000 euros…) afin de sortir le bouquin avant les prochaines…Olympiades?