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Spirit of contradiction : CLÁSICOS IMPERECEDEROS VERSUS MUERTOS VIVIENTES

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CLÁSICOS IMPERECEDEROS VERSUS MUERTOS VIVIENTES

La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se disponen precisamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

Karl Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte

[…] el choque de mayo había resucitado y sacado de nuevo a la superficie corrientes del movimiento obrero enterradas por el olvido bajo el desprecio de los partidos establecidos: el movimiento de los consejos en todas sus variantes, el KAPD, o individualidades como Lukàcs, Korsch, etc. Esta resurrección del pasado era indicio al mismo tiempo de la imposibilidad de aprehender directamente la realidad y de la incapacidad de ésta para engendrar otras formas de lucha y otros enfoques teóricos.

Jacques Camatte «Contra la domesticación» (1973)

Corría el año 1962 cuando la Internacional situacionista apeló a «reemprender el estudio del movimiento obrero clásico de una forma desengañada, y desengañada ante todo en lo que se refiere a sus diversos herederos políticos o pseudoteóricos, que no poseen más que la herencia de su fracaso». Cabría imaginar, por tanto, que a estas alturas, de las legiones de incondicionales contemporáneos de la I.S. hubieran surgido unos cuantos estudios exhaustivos y desengañados en torno a las turbulencias del período 1968-1978 que ayudaran a discriminar con claridad entre lo vivo y lo muerto de esa etapa concreta del pasado reciente. Entre otros objetivos, esa hipotética investigación debería haberse dado como meta distinguir al puñado de grupos e individuos excepcionales que, despojándose de toda veneración supersticiosa por el pasado, se entregaron por aquel entonces a la tarea de reactivar y transformar críticamente el legado de las izquierdas comunistas heréticas del período 1917-1936, de quienes optaron más bien por reciclar dicho legado para poner al día su ideología y seguir moviéndose dentro de parámetros tan «clásicos» como fuera posible.

El texto del grupo francés Négation, «El proletariado como destructor del trabajo» (1972) es un documento excepcional que pertenece claramente a la primera de esas dos categorías. De ahí que no sólo consiga separarse serenamente de su pasado, sino que siga siendo a día de hoy un extraordinario ajuste de cuentas con toda clase de candidatos presentes y futuros a prolongarlo. La excepción, sin embargo, confirma la regla, y es regla general de la (pre)historia que excepciones de este calibre no queden impunes, lo que explica la paradoja de que apenas publicado, un texto tan visionario y vigoroso quedara sepultado bajo un espeso y duradero manto de silencio.

Que ni Négation ni las aportaciones teóricas más generales del medio al que pertenecía pasaron completamente desapercibidos en su día lo atestigua la traducción y publicación de otro extraordinario texto de este grupo, Lip and the self-managed counterrevolution [«Lip y la contrarrevolución autogestionaria»], por las ediciones Black & Red (Detroit) en 1975. A dicha edición le precedió en 1974 la de Eclipse and Re-emergence of the Communist Movement [«Declive y resurgimiento de la perspectiva comunista»] (Gilles Dauvé y François Martin) y la de The Wandering of Humanity [«Errancia de la humanidad[1]»], de Jacques Camatte, en ese mismo año. Y podría considerarse como corroboración de lo dicho, la aparición, algunos años más tarde, de dos artículos («The Remaking of the American Working Class» [1981] y «Communism is the Material Human Community: Amadeo Bordiga Today[2]» [1991]) en los que Loren Goldner se detiene momentáneamente en dicho texto y congratula a sus autores.

En efecto, en el primero de ellos, Goldner, tras relatar que

[…] el fecundísimo debate entre las corrientes de ultraizquierda francesas durante el período 1968-1973 […] también resucitó el valor para insistir, con razón, en que el comunismo no era ni la «propiedad nacionalizada» ni el «control obrero de la producción», sino la superación positiva de la producción de mercancías y de todas sus categorías: el valor, el trabajo asalariado, el capital, y el proletariado como relación social, todo ello entendido como un todo integral. Ahora bien, por fecundo que fuera este debate (pensamos en los textos de Invariance del período 1968-1972, en Mouvement Communiste, Négation, la Corriente Comunista Internacional durante la misma época) se fue disipando poco a poco en largas disertaciones acerca del Valor y la Autodisolución del Proletariado sin —salvo en unos pocos casos— abordar la problemática del capital total/reproducción ampliada/crédito o plantearla […]

termina el párrafo remitiendo a una nota a pie en la que cita expresamente como «excepción a esta tendencia», el «excelente panfleto del grupo francés Négation titulado “Lip and the self-managed counterrevolution”».

En el segundo artículo —y llegamos ahora al meollo de los elogios que dedica a los «neo-bordiguistas»— Goldner destaca que «todas las corrientes francesas pusieron en primer plano un texto de Marx que, a la larga, quizá tenga mayor importancia que todo el material nuevo que comenzó a salir a la luz durante las décadas de 1950 y 1960: el llamado Capítulo VI inédito del Libro I de El capital». Y de nuevo, apenas unas líneas más allá cita a Négation, subrayando que según este grupo, el capitalismo, al pasar de su etapa de dominación formal a la de su dominación real «hace desaparecer al obrero, dejando tras de sí, en esencia, sólo al proletario» (Distinción que acarrea una multitud de repercusiones, entre las que «El proletariado como destructor del trabajo» cita un enorme incremento del número de parados permanentes —en su mayoría pertenecientes a la población negra— en Estados Unidos como consecuencia de la aplicación generalizada de la automatización en la industria.)

Es bien sabido que el artífice de esta nueva periodización del capitalismo y de la historia del movimiento obrero fue Jacques Camatte. Según relata Goldner, «por primera vez, se hizo posible, en mi experiencia, vincular la historia de la clase obrera durante el siglo xx, no sólo a la burocracia, sino a la naturaleza cambiante de la acumulación capitalista, que producía y requería a la burocracia[3]». Nada tan natural, pues, como que Loren Goldner —teniendo en cuenta el amplio y provechoso uso que ha hecho de esta aportación concreta del «neobordiguismo francés» en su extensa y variada obra— reconociera su deuda con éste.

Ahora bien, en los ambientes de la «izquierda comunista» (neoortodoxa) pos-sesentayochista, no todo el mundo se ha mostrado tan proclive a reconocer francamente la contribución de Camatte y de otros «neobordiguistas» —etiqueta esta que, por cierto, Négation habría rechazado de plano— al «fecundísimo debate» del período 1968-1973. Todo lo contrario. Es más, en las raras ocasiones en las que dicho medio rompe su silencio sepulcral al respecto, prefiere esgrimir motivos de hostilidad secundarios y sobrevenidos antes que evocar los que de verdad le duelen[4]. Cabe señalar que el propio Goldner no ha hecho suyas, ni mucho menos, las tesis más controvertidas que tanto Camatte como Négation dedujeron de la nueva periodización, ni tampoco se ha aventurado nunca a refutar los presuntos «errores» que contendrían. Es muy revelador, por lo demás, que su moderada defensa de la «obra temprana» de Camatte[5] no logre aplacar la indignación de cierta militancia, que sospecha —confusamente, pero con razón— que por temprana que sea, dicha obra no deja de socavar en profundidad postulados fundamentales de la «ideología revolucionaria dominante».

Veamos, pues, algunos de los corolarios —tan incómodos e inaceptables para determinados sectores— contenidos en el nuevo paradigma impulsado por Camatte y cía.

El primero de ellos es que el vector fundamental de la transición del predominio de la extracción de plusvalor absoluto en la acumulación capitalista (dominación formal) al predominio del plusvalor relativo (dominación real) no fue otro que la actividad de la clase trabajadora en defensa de sus intereses. En otras palabras, a despecho de lo que creyeran sus protagonistas y de los tintes rosados (intensos) bajo los que la ideología revolucionaria acostumbra a pintar al movimiento obrero clásico —incluidos ahí sus momentos más «gloriosos» y más ricos en «lecciones»—, éste resultó ser, a la postre, un momento interno del propio desarrollo capitalista, lo que asesta un golpe irreparable al mito según el cual éste habría «traicionado» su verdadera vocación por causas ajenas a su propia dinámica intrínseca.

La transición de una fase a otra no sólo supuso un gigantesco aumento de la composición orgánica del capital y la consiguiente necesidad de una «organización científica del trabajo»; el salto tecnológico y la intensificación del trabajo resultantes también requirieron medios de disciplina más sofisticados y más interiorizados, así como la necesidad concomitante de producir en masa y de forma íntegramente capitalista todo lo relacionado con la reproducción de la fuerza de trabajo (bienes de consumo masivo, trabajo doméstico, servicios médicos, actividades de ocio). Se trató, por consiguiente, de una transformación social de conjunto, que habría de acarrear a su vez la integración o la eliminación progresiva de los sectores de producción precapitalistas.

 Este primer corolario es el más fácil de aceptar —y el más difícil de negar— por parte de una fracción de la nueva «izquierda comunista» surgida a comienzos de la década de 1970 (caso de Loren Goldner o de Internationalist Perspective). Ahora bien, suscita el rechazo —explícito o no— del sector más nutrido y más militante de la misma, que intuye que tras la desmitificación del papel histórico del movimiento obrero sólo pueden acechar catástrofes ulteriores. Para muestra un botón:

Aquello de lo que adolece el concepto de la transición de la dominación formal a la dominación real es de una visión política apremiante, de una perspectiva clara de la necesidad de la revolución y del comunismo ahora. (Mac Intosh, The Political Need for a Conception of Decadence, Internationalist Perspective 44)

 Y en efecto, el corolario siguiente, en lugar de dar paso a algún nuevo prolegómeno en torno a la «crisis mortal» del capitalismo, anuncia más bien la del movimiento obrero —tanto «clásico» como «nuevo»—, que ya apuntaba por aquel entonces. La configuración plenamente capitalista del proceso laboral y la integración de la reproducción de la fuerza de trabajo hacen desaparecer todo aquello que bajo la dominación formal había hecho de la condición obrera algo a «emancipar» del capital (lo que no significa —al menos en la concepción de Négation— que el carácter antagónico de la relación social capitalista desaparezca ni se atenúe, antes al contrario). Por consiguiente, y dado que bajo la dominación real la negación de la condición proletaria es la única superación posible del capitalismo, entran en crisis todas las concepciones de esa superación basadas en la afirmación de una «comunidad obrera» frente a una clase «parásita» y la consiguiente reapropiación de los medios de producción por parte de los productores. A finales de los años ’60 y comienzos de la década de 1970, la difusión del «rechazo del trabajo» y de las formas de lucha correspondientes confirmaron con creces la inviabilidad de seguir concibiendo el proceso revolucionario como una oposición unilateral entre «nosotros» y «ellos» (de lo que dieron fe, si bien se mira, tanto el desenlace de mayo del ’68 como el movimiento italiano del ’77)[6].

El tercer y último corolario de la penetración de la ley del valor en todos los ámbitos de la existencia es la crisis de la política. Bajo la dominación formal, los antagonismos entre clases representativas de modos de producción rivales, así como la presencia de gran número de pequeños propietarios independientes, convertía a la política en una forma de mediación necesaria de los conflictos de clase. Para la clase trabajadora, débilmente desarrollada, era a la vez posible y necesario intervenir en ese ámbito para formar alianzas y salvaguardar sus intereses, y el asociacionismo político y sindical «obrero» llegó a constituir una auténtica «sociedad paralela» autónoma en el interior de la sociedad capitalista.

Una vez consumado el tránsito a la dominación real, el movimiento del valor en proceso, capaz de organizar la existencia de la «comunidad material» por su cuenta, desplaza a la política como fuente de cohesión social; ésta subsiste fundamentalmente como forma superficial de integración social y alternancia en el poder, a la vez que el consumo de ideología va perdiendo terreno ante la ideología del consumo. Durante el «período de transición», el movimiento obrero pierde su antigua autonomía y sus organizaciones se integran en la maquinaria estatal, mientras el peso de la esfera política disminuye progresivamente ante la expansión continua del deporte de masas, la industria cinematográfica, el ocio programado, la música «popular», etc.

A partir de 1968 y el «retorno de la revolución social», la crisis de la política situará a la «izquierda comunista» pos-sesentayochista ante dos problemas íntimamente relacionados que ésta ni siquiera puede plantear correctamente sin comenzar a renunciar a sí misma.

Por una parte, dado que sigue concibiendo la revolución comunista en la óptica de la dominación formal —como un proceso de unificación política del proletariado que desemboca en la toma del poder y la aplicación de un programa[7]— sigue creyendo en la necesidad de un «estrato militante programáticamente pertrechado» que tendría como misión, cuando no constituirse en una organización política hegemónica a tiempo para su cita con la «revolución», por lo menos convertir  su «conciencia» en la conciencia revolucionaria dominante. Esto la conduce a comulgar periódicamente con la ilusión de que movimientos que no llegan a desbordar (pese a los muchos momentos «radicales» que puedan contener) los cauces de la política desemboquen en la revolución comunista, lo que se salda con estrepitosos batacazos que la «teoría revolucionaria» no logra explicar satisfactoriamente y de los que sólo parece extraer la conclusión de que la próxima vez habrá que hacerlo mejor.

Por otra, bajo la dominación real toda organización que no contribuye directa o indirectamente al proceso de valorización se ve rápidamente ante la disyuntiva de adoptar prácticas que le permitan mantenerse y prosperar (llegando, si es preciso, hasta la fusión con las empresas más exitosas de su sector), o vegetar en la irrelevancia hasta desaparecer. En caso de que una crisis política del sistema lo requiera —como se ha podido comprobar en años recientes— la demanda de mayor «radicalidad» se cubre rápidamente, sea mediante la aparición de organizaciones nuevas o la radicalización de las ya existentes. Los grupúsculos políticos y sindicales realmente superfluos, sin embargo, sólo pueden perpetuarse en calidad de rackets, aplicando las mismas técnicas generales que los que «triunfan» pero con matices más específicamente sectarios, como los relatos míticos y los programas mesiánicos destinados a mantener el entusiasmo ideológico de las bases, la competencia a ultranza con otros grupos del «medio», el aislamiento de «su» público de influencias nocivas del exterior, la designación de chivos expiatorios y las purgas esporádicas.

Ahora bien, en el caso concreto de la «izquierda comunista» pos-sesentayochista, la completa incapacidad de abordar seriamente estos dos «puntos ciegos» de su ser sin firmar su propia sentencia de muerte, no es más que el anverso de su negativa a adoptar en su momento determinadas tesis, expuestas con diáfana claridad, entre otros, por Jacques Camatte y el grupo Négation:

Hay que decir de inmediato que cuando el ser del proletariado se manifiesta en su dimensión inmediatamente destructiva, constituye la negación positiva de la comunidad material y de todas sus formas de organización. […] El momento más importante de esta manifestación es […] el rechazo […] a aceptar cualquier separación entre decisión y acción, y por tanto la separación entre ser y pensamiento sobre la que en el pasado se erigió la posibilidad de una dirección política basada en el mecanismo de la democracia directa o, más en general, sobre la que se fundó el mecanismo de representación democrático-despótica en tanto viejo arte de organizar la sociedad desde el exterior: la política. […]

Todo partido formal no es más que una organización rápidamente reabsorbida en forma de racket. El partido histórico no puede ser realizado más que por el movimiento del proletariado constituyéndose en clase. […] Cualquier otra concepción de la formación del partido descansa sobre la negación implícita de la proposición: el proletariado será el realizador de la teoría. (Jacques Camatte, «Transición», 1969)

  1. Corriente

Junio 2017

[1] http://colectivogerminal.org/525-2/

[2] http://breaktheirhaughtypower.org/the-remaking-of-the-american-working-class-the-restructuring-of-global-capital-and-the-recomposition-of-class-terrain/ y http://breaktheirhaughtypower.org/communism-is-the-material-human-community-amadeo-bordiga-today/ .

[3] “Left Communism and Trotskyism: A Round Table” (http://bthp23.com/LeftCommTrot.pdf).

[4] Así pues, a Camatte se le suele reprochar —no sin razón— el abandono de la teoría del valor y la deriva teórica consiguiente, mientras que a Gilles Dauvé y a otros «neobordiguistas» (sic) se les acusa de tibieza (cuando no de complicidad directa) con el negacionismo del ex miembro de Socialisme ou Barbarie y animador de la librería La Vielle Taupe, Philippe Guillaume.

[5] “Left Communism and Trotskyism: A Round Table”.

[6] Tanto el «rechazo del trabajo» como la crítica camattiana de la «organización» dieron lugar a ásperos —pero muy escasamente publicitados— debates a ambos lados del Atlántico. Además de « Refus du travail, faits et discussions », de Échanges et Mouvement (editado en 1979 en el Reino Unido bajo el título “The Refusal of Work” [https://libcom.org/library/echanges-movement-refusal-work]), habría que mencionar «The Illusions of ‘Solidarity’» (http://libcom.org/library/illusion-solidarity-david-brown), así como « On Organisation: Two Reviews of the Camatte/Collu Pamphlet» (https://www.fifthestate.org/archive/279-december-1976/on-organization/)

y «Camatte, Collu & On Organisation» (https://www.fifthestate.org/archive/280-february-1977/camatte-collu-on-organization/).

[7] La crisis de la política acarrea la crisis del «programa comunista» desde que cesa de ser posible concebir la comunización de la sociedad como la aplicación de un «programa» conforme a las necesidades históricas del proletariado, que requeriría la ratificación o aprobación de éste por ser al mismo tiempo exterior a su ser y a su actividad real.

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