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” Révolucion y contrarrevolucion”

Traduction par le camarade F. Corriente du dernier texte mis en ligne par les camarades de « Il Lato Cattivo » ce vieux texte d’Intervention communiste (“Révolution et contre-révolution”)

Revolución y contrarrevolució

Intervention Communiste

[Révolution et contre-révolution, París 1974]

La coherencia de la sociedad capitalista tiene por fundamento el vigor y la extensión de la ley del valor. La comunidad material[1] del capital se constituye en torno a ella, ya que transforma cualquier manifestación humana en mercancía y al hombre mismo en la mercancía fuerza de trabajo; esta comunidad sólo accede a su propia estabilidad mediante la transformación del hombre en mercancía; en este sentido, la comunidad no está basada en el valor, sino —dicho de manera más precisa— en el valor en proceso, en el valor que se valoriza.

Fundado en el valor —no en su acepción estática, sino en el ciclo de sus metamorfosis—, el capital erosiona su propio fundamento: el valor. El capital trabaja sin cesar en la destrucción del valor; el propio movimiento de su acumulación sirve de base al momento en que se presenta a sí mismo como creador de valor; el plusvalor se convierte en beneficio y el valor se convierte en precio de producción. Todo sería perfecto si el capital pudiera liberarse del valor; este perturba su funcionamiento: separación de la forma del precio y la forma equivalente general; producción de un movimiento de capitalización en el que una parte determinada de la acumulación del capital no se corresponde con ningún valor (cfr. las acciones); expansión del sistema de crédito en el que el capital se anticipa a sí mismo. El capital fragmenta la ley del valor. Pero cuanto más tiende a liberarse del valor, más intensifica la violencia tutelar de este último. En realidad, al desarrollarse y presentarse como la única fuente de ganancia, el capital no hace sino reducir el mismo plusvalor en el que, cíclicamente, está obligada a resumirse la ganancia.

Así pues, el movimiento mismo de la puesta en valor del capital, de la valorización, es el proceso de la destrucción del valor, de la desvalorización. La abolición del valor constituye la necesidad histórica del capital, pero también constituye la posibilidad de su negación. El capital no puede abordar la destrucción de valor sino llevando a cabo una enorme acumulación de valor; no puede cruzar el umbral que lo conduciría más allá del valor, porque fundamentalmente no es otra cosa que valor en proceso, pese a que esta definición lo aboque a destruir el valor y, simultáneamente, a no poder deshacerse de él. En este sentido, la comunidad de capital no puede ser sino la última comunidad fundada en la ley del valor.

Quiera o no —esa no es la cuestión— la abolición del valor es el contenido mismo de la revolución comunista. No es un objetivo que ésta podría proponerse; es que sólo puede llevarse a cabo destruyendo el valor. Esta determinación está contenida en las contradicciones del capitalismo. Al acelerar su emancipación del valor, el capital mina los fundamentos de su comunidad, ya que el hombre se convierte en una mercancía inútil; descompone las relaciones sociales de su comunidad, y el contenido de esta descomposición es la caducidad del valor. La clase que aparece esporádicamente —sólo para desaparecer con la misma rapidez— está constituida por la reproducción imposible del capital, por la desvalorización; es una clase que cuya razón de ser es la imposibilidad del intercambio. La valorización imposible constituye su esencia; es el propio capital el que provoca su aparición, que se sitúa potencialmente más allá del valor. Sin embargo, el capital que produce la posibilidad de un más allá del valor, no puede, en tanto valor en proceso, tolerar su existencia, del mismo modo que, en razón de su misma existencia, la clase no puede tolerar la existencia de capital.En este choque, la revolución encuentra su propia esencia, el medio de su acción. Para esta clase, el proletariado, la abolición del valor es una necesidad, porque sencillamente es la condición de su existencia, producida por el capital mismo. In extremis, visto y considerado el contenido de la revolución, las condiciones «capitalistas» de su surgimiento, podría decirse que la abolición del valor se convierte en una medida «táctica», que la clase encuentra inmediatamente en su esencia la condición sine qua non de su lucha. La abolición del valor no es una medida a adoptar después de la victoria de la revolución, es la condición misma, impuesta por la naturaleza del conflicto, de esa victoria. Aunque no fuera sino para perpetuar la supervivencia física del proletariado en el marco de la violencia armada de la revolución, el intercambio no puede subsistir. Ahora bien, esta abolición no debe entenderse como el mejor medio de llevar a cabo la lucha; es el capital el que coloca a la clase revolucionaria en esta situación y la define como imposibilidad de valorización, y no existe ningún otro medio posible. La violencia revolucionaria no conoce ninguna diferencia entre la esencia de la confrontación y su forma.La abolición del valor, por tanto, es el contenido único y necesario de la revolución; también es su fuerza, ya que su enemigo, el capital, no tiene utópicamente otra meta. Es aquí donde el movimiento de desvalorización combina orgánicamente revolución y contrarrevolución.

Si el mundo ha padecido cincuenta años de contrarrevolución triunfante de la década de 1920 a esta parte, es porque tras la falta de reactivación durante las décadas de 1920 y 1930 y la aterradora reestructuración de la Segunda Guerra Mundial, la contradicción valorización/desvalorización se mantuvo dentro de límites no explosivos gracias a la huida hacia delante del capital, es decir, a través de la intensificación de su acumulación. La contrarrevolución se basó en esto: en obstaculizar la desvalorización mediante la desvalorización misma, es decir, en intensificar la valorización (plusvalor relativo). La contrarrevolución es la organización de la desvalorización. No obstante, semejante organización de la desvalorización, basada en la propia desvalorización, ha topado con su límite radical en la existencia de los seres humanos tal cual los ha creado el capital: como mercancía.

En este momento, cuando resulta que el beneficio se reduce, en definitiva, al plusvalor y este último al trabajo humano excedente, el control de la propia desvalorización en su faceta de desvalorización intensiva se vuelve imposible. Con la crisis, la contrarrevolución se convierte en organización pura y simple de la desvalorización. Esquemáticamente, la valorización se remite al futuro, lo que, durante los primeros pasos de la crisis, se traduce en los planes de recuperación implementados aquí y allá y sus diversas fases. Se trata ante todo de ralentizar a toda costa el desarrollo —salarios, créditos, importaciones— para permitir el relanzamiento ulterior de las inversiones y de la expansión capitalista; pero todos estos planes fracasan, porque lo que el capital necesita es una desvalorización brutal y a gran escala, único medio apto para restablecer una tasa de ganancia suficiente. Estos planes son interesantes por la disyunción entre desvalorización y valorización que introducen, y si resultan inoperantes, es por la sencilla razón de que no impulsan esta disyunción radicalmente y a fondo. Actualmente, de los gobiernos a la comunidad hippie, la sociedad produce formas de ser, manifestaciones y proyectos destinados a organizar la vida en el marco de la desvalorización con el fin de permitir una valorización futura.

Ahora hemos de subrayar la diferencia entre revolución y contrarrevolución. Ambas tienen la desvalorización como punto de apoyo, naturaleza y posibilidad. Sin embargo, la contradicción del capital es tal, y la oposición entre valorización y desvalorización que desarrolla alcanza tal nivel de agudeza, que suscita dos movimientos contradictorios: desvalorización/abolición y desvalorización/valorización. La diferencia entre revolución y contrarrevolución radica en que, para la revolución, la desvalorización es la base de la abolición del valor, mientras que para la contrarrevolución la desvalorización no es más que el momento necesario de cara a una valorización futura.Para comprender la naturaleza de la relación entre revolución y contrarrevolución hemos de analizar las dos parejas previamente enunciadas: desvalorización/abolición y desvalorización/valorización, lo cual conduce a precisar la naturaleza de la revolución. La revolución se sitúa en el binomio desvalorización/abolición, es decir, que funciona necesariamente sobre la base del todo o nada. Impulsada por la desvalorización, la revolución ha de abolir el valor; por tanto, no puede quedar fijada más que momentáneamente en una etapa de la desvalorización, cosa que, por cierto, elimina cualquier posibilidad de control de zonas o sectores particulares por su parte. La contrarrevolución, cuya esencia es la desvalorización destinada a restablecer el ciclo de acumulación del capital, puede, en lo que a ella se refiere, seguir paso a paso el proceso de desvalorización y descomposición de las relaciones sociales; se encuentra siempre y en cualquier caso en su propio terreno. En este sentido, por tanto, la contrarrevolución se organiza con vistas a una profundización ulterior de las contradicciones en las que tenga que afrontar la revolución. La descomposición y la quiebra de la comunidad material del capital incitan a la contrarrevolución, puesto que ella también está espoleada por la desvalorización, a desenvainar sus armas en el terreno de la posibilidad de la revolución.La contrarrevolución precede a la revolución siempre que el comunismo se presenta negativamente, es decir, como consecuencia inmediata de la desvalorización, y que se manifieste simultáneamente la imposibilidad práctica de abolición del valor. Por consiguiente, el movimiento de desvalorización no es otra cosa que la catastrófica puesta a punto, no de una revalorización futura, sino de la destrucción pura y simple. En ciertas regiones (principalmente África) o sectores (guetos, pandillas, jóvenes parados que no han trabajado nunca, hooligans), el movimiento negativo del comunismo expresa la capitalización imposible, en cuyo seno la desvalorización acelerada elimina la posibilidad misma de que la contrarrevolución organice la desvalorización, porque en el marco de la crisis actual y el nuevo ciclo que «podría permitir», las zonas en cuestión quedan definitivamente excluidas de cualquier valorización futura. La situación no ofrece otra posibilidad que la revuelta y la muerte. El comunismo negativo se distingue de la contrarrevolución en tanto producto puro de la desvalorización, en una situación que no ofrece ni la posibilidad de abolir el valor ni la de una valorización futura. Lo que priva a esas revueltas de la perspectiva comunista es que el inmenso movimiento de destrucción emprendido por el capital mundial se efectúa allí donde el capital aún no existe plenamente. O, mejor dicho, donde su modo de existencia ya está hecho de exclusión y destrucción. Estos movimientos de aniquilación total en zonas poco desarrolladas o las revueltas efímeras en los capitalismos hiperdesarrollados no representan el movimiento práctico de abolición del valor, pero muestran que la ley del valor es una relación social caduca. Y en este sentido, la aparición del comunismo en su aspecto negativo posee un significado universal. Su existencia muestra que no es posible reformismo alguno, y sobre todo muestra que la crisis actual no puede desembocar en una reestructuración del capitalismo. «La crisis siempre constituye el punto de partida de una gran inversión nueva. Y en consecuencia también, si se considera la sociedad en su conjunto, configura en mayor o menor medida un fundamento material para el ciclo siguiente de rotaciones.» (Marx, El capital, Libro I, Siglo XXI, México 2008, p. 224). Pues bien, la aparición del comunismo en su aspecto negativo pone de manifiesto un punto débil fundamental de la contrarrevolución actual; ésta abandona sectores enteros de su sociedad y de su mundo al movimiento anárquico de la desvalorización, y lo hace porque la contrarrevolución vive únicamente en función del binomio desvalorización/valoración (futura) y de su posibilidad. Así pues, este abandono deriva de la imposibilidad por parte del capital de llevar a cabo una reestructuración productiva superior. Es importante resaltar cómo opera la acumulación capitalista: «De esta manera, en períodos más o menos prolongados, se verifica reproducción y precisamente —considerado desde el punto de vista de la sociedad— reproducción en escala ampliada; de manera extensiva, si se amplía el campo de producción; de manera intensiva, si aumenta la eficacia del medio de producción.» (Marx, op. cit., p. 208). La aparición del comunismo negativo brota de la suspensión —que no ha podido llevarse a término— de la ampliación del campo de producción, es decir —en lo fundamental— de una tasa de ganancia que ya no permite una ampliación semejante. El capitalismo no ha entrado hoy en una fase de acumulación intensiva, pero este es el momento de la crisis en que esta acumulación se hace evidente. Toda la reestructuración producida bajo la dominación real del capital, que tuvo lugar a partir de la guerra de 1914, a través de la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, estuvo dirigida esencialmente hacia el segundo tipo de acumulación, y por ahora la expansión no tiene otra forma que el acoplamiento o destrucción de las zonas menos desarrolladas y el asentamiento de enclaves. En Rusia, la única expansión real se realizó a raíz de la Primera Guerra Mundial y sólo pudo llevarse a cabo por vía revolucionaria, mientras que la integración del área china ha tenido la «desgracia» de haberse vuelto posible sólo en plena crisis. Ahora bien, la reestructuración intensiva a la que tiende el capitalismo desde 1914 es fundamentalmente imposible, porque supone frenar cualquier aumento en el valor de la masa total de la producción, cuyo volumen aumentaría de manera inversamente proporcional al valor nominal de cada una de sus fracciones. Es lo que nosotros hemos llamado combatir la desvalorización mediante la propia desvalorización. La imposibilidad de esta reestructuración, teóricamente clara, resulta no menos clara históricamente: la Primera Guerra Mundial no desembocó en una grandiosa reconstrucción, sino en una segunda guerra, y la reactivación de las economías no estuvo asegurada hasta finales de los años 50, para desembocar sólo siete años después en una nueva crisis, y durante estos cincuenta años, no ha pasado un año en el que el capital no se haya utilizado para la destrucción en alguna parte del globo.La importancia universal de los movimientos basados ​​en la desvalorización, e incapaces de desembocar tanto en una valorización futura como en la abolición del valor, radica en que la sociedad del capital manifiesta así su incapacidad práctica para reestructurarse a un nivel superior. En estos antagonismos, la destrucción no representa la condición de la valorización, sino una supresión definitiva. En los fracasos del comunismo negativo, la contrarrevolución se presenta como rechazo y/o destrucción, y en este sentido ésta precede a la revolución porque esta última aún no se presenta de forma positiva. La contrarrevolución se deshace de todo lo que pudiera obstaculizar su fuerza allí donde está llamada a concentrarse, es decir, en el binomio desvalorización/valorización (futura).No hay contradicción en decir que el capital no puede reestructurarse y basar la contrarrevolución en el binomio desvalorización/valorización (futura). Decir que el capital no puede reestructurarse significa que la crisis no puede ser el punto de partida para una etapa superior del capitalismo, pero esto no impide al capitalismo acentuar su valorización intensiva por medio de cataclismos sociales cada vez más cercanos, o sea, concentrar su ciclo arruinando porciones enteras del mundo. A partir de aquí se pueden establecer las condiciones que hacen desembocar la desvalorización en la abolición revolucionaria del valor. A diferencia del comunismo negativo, que se basa exclusivamente en la desvalorización, el comunismo positivo sólo puede surgir allí donde la desvalorización se impulsa de tal modo que se convierte en la base de la valorización intensiva en el sistema de acumulación actual. Una vez más, aparece el entrelazamiento fundamental entre revolución y contrarrevolución. En la fase actual, el binomio desvalorización/valorización se concreta como desvalorización/valorización intensiva, es decir, que la desvalorización está presente en ambos términos; esta última sólo se combate a través de sí misma. El surgimiento positivo del comunismo está ligado, por tanto, a la fuerza de las manifestaciones negativas del comunismo; cuanto más poderosa sea la destrucción, más acentuará el capital la desvalorización (en este caso, en forma de valorización intensiva) de los sectores aún integrados en su ciclo de producción. En términos prácticos, la violencia de la destrucción, de la necesidad negativa de comunismo, conduce al capital a atacar prácticamente la supervivencia proletaria en los sectores y zonas que no ha excluido de su ciclo. El movimiento positivo de la abolición del valor solamente puede surgir a partir de esta conjunción. Así pues, el proceso de la crisis no sólo vincula revolución y contrarrevolución, sino también las manifestaciones negativas del comunismo. De ahí que ver en los excluidos a la fuerza revolucionaria fuese tan falso como verla en los productivos. La violencia negativa del comunismo no puede existir sin un ataque del capital contra los productivos, sin una aceleración de la desvalorización y, a fin de cuentas, sin transformar el binomio valorización/desvalorización en desvalorización/desvalorización. En la práctica, se trata entonces de desvalorización/abolición o de desvalorización/destrucción total.Estas dos parejas determinan la oposición entre revolución y contrarrevolución en toda su pureza, una pureza a la que el proceso práctico no puede atenerse, ya que la contrarrevolución se organiza entonces en un choque cuyos dos polos controla: la guerra. No es absolutamente seguro que en estas condiciones la guerra suponga la destrucción total; ésta sólo es el programa de la contrarrevolución cuando se opone a la revolución. El grado de destrucción es proporcional al grado de pureza de la transformación del binomio valorización/desvalorización en desvalorización/desvalorización.En resumidas cuentas, estamos tratando con tres binomios, uno de los cuales tiene un término vacío: se trata de la desvalorización/… (comunismo negativo), de la valorización/abolición (revolución), y de la desvalorización/desvalorización (contrarrevolución). El proceso teórico de aparición de la revolución es el siguiente: el desarrollo del comunismo negativo tiende a transformar la contrarrevolución en desvalorización/desvalorización, y en este punto se manifiesta la posibilidad de una ruptura en la que irrumpa la revolución (desvalorización/abolición). Todo está atravesado por la desvalorización.Ahora bien, en tal caso la aparición positiva del comunismo socava el terreno de la contrarrevolución transformando la desvalorización en abolición del valor.La contrarrevolución es un fenómeno muy plástico. La aparición de la revolución significa que la desvalorización ha producido la superación, no de sí misma en el seno de la valorización y la persistencia del binomio, sino que ha producido la superación de su opuesto, la valorización. En tal caso, la contrarrevolución en su forma dominante ya no representa la organización de la desvalorización, sino la concentración política de la forma del capital. Desde la perspectiva del capital, la fase de desvalorización acelerada se mantiene como consecuencia de las luchas revolucionarias (de ahí la importancia del armamento nuclear táctico para esta finalidad). La revolución significa que la desvalorización escapa al capital, que hay disociación del binomio desvalorización/valorización, que el capital ya no mantiene su coherencia. Si en este punto la contrarrevolución «continúa», es porque la forma-valor se concentra políticamente en aquello que la desvalorización vacía de su contenido real (salario político, DEG[2] o autogestión, lo que implica una forma más política que económica).El hecho de que la desvalorización atraviese los tres binomios teóricos puede comportar una complejidad extrema del proceso práctico. La unidad del proceso de acumulación del capital es una unidad de la diversidad, de niveles desiguales de desarrollo, tanto geográficamente como entre esferas productivas, así como entre los distintos factores del capital. Esta unidad contradictoria no es más que la manifestación de la necesidad de la desvalorización para la valorización, la cual permite al mismo tiempo la formación de la revolución y la contrarrevolución. La comprensión de la comunidad del capital como una comunidad fundada en antagonismos de clase insuperables, así como el análisis del proceso unificado de la acumulación de capital como unidad de la diversidad, determina el rechazo total de cualquier visión caritativa de una revolución en la que el conjunto de la humanidad, como un solo proletario, derrocaría un modo de producción convertido en la sombra de sí mismo. A medida que se vuelven obsoletas, las relaciones de producción ya no se concentran en una contrarrevolución compacta. La revolución no se desata cuando todo el sistema productivo se encuentra al borde de la abolición del valor, sino más bien cuando cualquier nueva expansión del proceso acumulativo del capital —en el que ciertos sectores ya han alcanzado ese límite— se vuelve así imposible.De esto se desprende una consecuencia capital: si bien cualquier nueva reproducción ampliada de la relación social es imposible, los hombres involucrados en las diversas esferas de la vida productiva no se encuentran todos enfrentados a la necesaria abolición del valor. Pese a que, si se considera el sistema como un todo, no es posible otra solución que no sea la abolición del valor, esta necesidad no se corresponde con el apremio inmediato de todas las esferas de actividad.Esta complejidad del proceso de desvalorización es lo que proporciona a la contrarrevolución su aspecto proteico; si en la actualidad su forma dominante es la racionalización de la desvalorización —ya que la organización de la supervivencia del capitalismo no puede desembocar efectivamente en la guerra— ésta contiene ya en germen la concentración política de la forma-capital en su tendencia a promover el DEG como estándar monetario o el autollamado salario «político», cuando ya no es una necesidad. La violencia sin objetivo preciso de la necesidad de comunismo también puede contribuir al aplastamiento de la revolución si ésta permanece aislada. Por último, el desarrollo desigual puede provocar enfrentamientos militares cuyos dos bandos estén controlados por la contrarrevolución. También debemos considerar el caso en el que los virajes que las destrucciones entre desvalorización/valorización y desvalorización (utopía-límite del capital) producen sin cesar hagan que el choque revolucionario se salde en beneficio de la contrarrevolución, que la revolución permanezca aislada, que la violencia del comunismo negativo se vuelve contra ella. El comunismo no es más que una posibilidad. Este carácter no ineluctable otorga un papel fundamental al conocimiento preciso de las formaciones sobre el terreno, a la teoría como dominio de lo real.Antes de proceder al análisis de cómo se presenta la contrarrevolución, era necesario definirla como organización de la desvalorización. Con la dominación real del capital sobre el trabajo, aparecen dos fenómenos relacionados:—el modo de producción capitalista ya no coexiste con ningún otro modo de producción;—la valorización del capital se basa en el plusvalor relativo y, en consecuencia, está orgánicamente vinculada a la desvalorización. Si ambos fenómenos están estrechamente ligados, es porque, para poder basar la valorización en el plusvalor relativo, ningún sector de actividad debe escapar al capital; de lo contrario, el valor de la fuerza de trabajo podría estar determinado en parte por sectores no capitalistas. Para que el plusvalor relativo se convierta en fundamento de la valorización, es preciso que la productividad del capital sea eficiente en toda la sociedad. Fundado en el plusvalor relativo, tras haber eliminado cualquier otro modo de producción y haberse unificado a sí mismo (capital financiero), sólo existe un obstáculo a la expansión del capital: el hombre-fuerza de trabajo. Es esta concentración de la crisis del capitalismo en la existencia de la fuerza de trabajo lo que expresaba ya la socialdemocracia alemana como principal fuerza contrarrevolucionaria en 1918. La socialdemocracia alemana inauguró el nuevo ciclo de la contrarrevolución. A partir de entonces, ninguna contrarrevolución puede existir sino como racionalización, modernización, militarización de la fuerza de trabajo, y sólo desembocar en una destrucción masiva. Después de la crisis de 1929, las dos formas más extremas de la contrarrevolución estuvieron representadas por el nazismo en Alemania y el New Deal en los Estados Unidos. Para el nazismo, se trataba de frenar al máximo la fuga de valor mediante la tendencia a la autarquía, mediante formas de intercambio que excluían la mediación monetaria (la compensación) y, finalmente, militarizando el trabajo y encuadrando a la fuerza de trabajo; se trataba de obtener como fuese economías de escala que redujeran el valor de la fuerza de trabajo. En lo que se refiere al New Deal, dado el desarrollo ya alcanzado por el capital, no podía tratarse ya de una tendencia a la autarquía; la fuerza de trabajo resultaba inmediatamente excedentaria. Fue arrojada a la calle (El ruido y la furia, de Steinbeck, describe la solución estadounidense desde el siglo xix en adelante, al igual que El vagabundo de las estrellas, de Jack London), o empleada en grandes obras de construcción, como en el caso del Tennessee Valley Authority, mediante las cuales la contrarrevolución sentaba las bases de la valorización futura. A diferencia del nazismo, también se apoyó en el aumento del consumo (Keynes). Un sistema semejante, por su misma esencia, tiende a la guerra como su solución real. Al igual que el nazismo, su organización no puede realizarse más que en la guerra.Si el Frente Popular francés no tuvo la nitidez formal del New Deal estadounidense o del nazismo alemán, esto se debe a la menor agudeza de la concentración de la contradicción en la propia existencia de la fuerza de trabajo. Esta menor agudeza se deriva de la existencia social de clases medias que seguían teniendo importancia: comerciantes e individuos cuya subsistencia seguía estando ligada a la pequeña producción mercantil. La coexistencia de la necesaria destrucción de estas clases con la contradicción a nivel de la fuerza de trabajo provocó una gran agrupación popular en la que triunfó la democracia. Esta intersección sólo puede realizarse a nivel estatal. Las clases medias y los pequeños productores son los ciudadanos por excelencia; toda su existencia es la de la libre ley del valor, auténtico fundamento de la democracia. La fuerza de la contrarrevolución radicó en esto, en que empujó a «los propios interesados» a hacerse cargo de su propia destrucción; dada su naturaleza de clase, para las clases medias este hacerse cargo sólo podía ser democrático. En lo que se refiere a la clase obrera, el dominio del capital sobre el valor aún no había separado radicalmente al productor del ciudadano, y las contradicciones del primero pudieron ser resueltas ilusoriamente por el segundo. La crisis unió ambos procesos y produjo la contrarrevolución bajo la forma del Frente Popular. Y la ironía de las calles parisinas hizo que se cruzaran Voltaire y Léon Blum[3].En 1936, el proletariado fue efectivamente derrotado en Francia. El Frente Popular no constituía una respuesta al peligro de una «subversión generalizada» (ver Ph. Riviale, J. Barrot, A. Borczuk, La légende de la gauche au pouvoir, La Tête de Feuilles, 1973, p. 26) ni tampoco jugó un «papel de freno». El capital francés no pudo destruir por completo a las clases medias; el hecho de que las preservase no fue una consecuencia de su estrategia, sino de su debilidad. Hasta la crisis de 1958, última secuela de la de 1929, el capital francés no pudo deshacerse de la Francia eterna de los tenderos, y no es casualidad que la concentración capitalista estuviese acompañada por un régimen que tendía a ser un sistema presidencial caracterizado por el predominio del ejecutivo. No se trataba sino de la dominación del capital sobre el valor y su amada compañera, la democracia. La forma democrática del Frente Popular representó precisamente el intento de estas clases medias de hacerse cargo de su propia destrucción. En aquella misma época, en Alemania, el nazismo permitió a una parte de la pequeña burguesía consignar a otra a la destrucción. No hubo revitalización alguna de la pequeña producción mercantil: a partir de un índice de precios de 100 en 1929, el índice fue de entre 60 y 64 en 1933 y de 55 en 1935. A principios de 1934 se produjo una caída en los precios al por mayor del 30% en relación con 1930, pero dadas las devaluaciones anteriores de la libra esterlina y del dólar, todavía siguieron siendo entre un 20 y un 25% más altos que los precios británicos. El 1 de octubre de 1936 esto condujo a una primera devaluación del franco; la deflación se interrumpió momentáneamente, pero en 1937 el franco tuvo que hacerse variable, y esto provocó una depreciación aún mayor. En relación con un índice de 100 establecido en 1930, el índice de la producción era de 91 en diciembre de 1936, de 94 en marzo de 1937 (primeros efectos de la devaluación) y de sólo 89 en junio de ese mismo año.La presencia de las clases medias en el poder no tuvo como resultado preservarlas de su necesaria destrucción. No hubo financiación de la pequeña producción mercantil por parte de los sectores altamente concentrados de la industria francesa. Si se hubiese tratado de hacer expender más plusvalor a los sectores concentrados, las cuarenta horas semanales resultarían difíciles de entender, cuando en plena recesión ya eran una realidad de hecho, si no de derecho. En plena recesión, la devaluación y la caída de la producción, lejos de revitalizar a la pequeña producción mercantil, la golpearon de lleno.De hecho, en Francia las viejas clases medias se vieron efectivamente echadas a un lado. Sin embargo, debido al retraso en la economía, este movimiento, que había comenzado en 1914, sólo concluyó en 1958 (no debemos olvidar que, debido a la debilidad de su economía moderna, Francia estuvo a punto de no formar parte de la CEE: la apertura favoreció a los sectores concentrados y remató la destrucción de los sectores atrasados). En tanto fruto de la crisis, el Frente Popular no pudo garantizar una verdadera salarización de la población, lo que se tradujo en la no participación de los comunistas en el gobierno. Pero por esa misma razón, no se produjo una revitalización de las clases medias. La función de la crisis fue, sin duda, asalariar a toda la sociedad, que el capital destruyese la muleta del valor; en realidad no existió más que una sola dinámica —fundamentalmente irrealizable— desde 1914 en adelante, cuyas articulaciones fueron: ‘14 -’29 -’39-’58-’68.En cuanto a Europa central y su capacidad de deshacerse de las clases medias sin otorgarles una pizca de poder, es necesario tener en cuenta que la guerra de 1914 y la inflación que la siguió habían despejado el terreno casi por completo. La reconstrucción de estas economías fue obra exclusiva de países extranjeros, y en Austria y Hungría los planes implementados por la Sociedad de Naciones impidieron la reconstrucción de las empresas locales. La articulación mundial fue llevada a cabo de inmediato por el capital financiero.Ya hemos visto que, con la dominación real, que elimina a todos los enemigos externos al sistema y se basa en el plusvalor relativo, la contradicción valorización/desvalorización no puede resolverse sino a nivel de la existencia del hombre como fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es el centro de la contradicción del sistema capitalista; es la existencia humana de la contradicción valorización/desvalorización. Si el sistema capitalista abandona su gestión de la fuerza de trabajo en épocas de crisis, no es por una elección política (para que los trabajadores conserven la calma), sino porque esta gestión es la crisis misma. Este abandono es lo que funda la novedad de la contrarrevolución actual; la radicalización de la contrarrevolución resulta de la ausencia de valorización futura (cfr. más arriba). Es decir, que no interviene más que allí donde la crisis se presenta de manera pura, directamente contra la existencia de la fuerza de trabajo, no de forma simultánea, como una falta de acumulación llamada a sacar fuerzas de flaqueza. Aquí la fuerza de trabajo opone a la acumulación su límite físico. La autogestión, que supone que los interesados se hagan cargo de la contradicción, sólo se convierte en una necesidad allí donde el dominio del capital sobre el valor ha separado al ciudadano del productor; por eso, si fuese posible concebir el capital sin el valor, el capital se desentendería del ciudadano. La unión ciudadano-productor, es decir, el productor que traslada inmediatamente sus problemas a nivel político, a nivel estatal, es la CGT[4]. La desvalorización erosiona las bases de tal unidad, que estalla; la desvalorización de la que se hace cargo el propio productor permanece, como suele decirse, a nivel de un «movimiento de base»; la política como ciudadanía no tiene ya sentido, y la comunidad material del capital tiende a reformarse como Estado de los productores. La fuerza de trabajo se convierte entonces en Estado. La revolución y la contrarrevolución no tienen por fundamento la comunidad material del capital en su estado de relativa estabilidad; éstas sólo se constituyen, por definición, en el marco de la desintegración de la comunidad. La autogestión sólo representa una solución en el marco de la crisis, es un sistema capitalista de guerra, nacional o revolucionario. Está en la esencia misma de la autogestión ser un sistema que debe ser atacado; la autogestión provoca el ataque, la agresión es su razón de ser; no vive más que del enfrentamiento con su negación imposible: el capital constante convertido de algún modo en independiente de la fuerza de trabajo. Este es el otro aspecto de la radicalización de la contrarrevolución.En las zonas en las que la acumulación de capital constante hace que incluso la solución autogestionaria sea imposible —en este caso no importa si se trata de regiones, sectores o Estados— la contrarrevolución sólo puede ser la negación total de toda humanidad. Si bien esta tendencia de la contrarrevolución ya está operando, sólo se manifiesta con claridad en la disgregación de la comunidad material. Esta disgregación, en ausencia de una manifestación positiva de la abolición del valor, se traduce en feroces antagonismos controlados de cabo a rabo por la contrarrevolución, que oponen el capital autogestionado (esta autogestión se corresponde con la necesidad de cualquier ganancia, más bien cercana a la del nazismo) al capital «autonomizado», y en los que la única fuente de ganancia son las ganancias excedentarias, es decir, la ampliación necesaria y perpetua de su área de compensación. Es esta necesidad la que ha conferido un papel de primer plano a un hombre como Kissinger, pues Estados Unidos (EE.UU.) se encuentra perpetuamente obligado a ampliar su área de compensación; sin embargo, al hacerlo en tiempos de crisis, las zonas económicas y militares sólo pueden confundirse. No se trata de ninguna tentativa de reestructurar una comunidad por parte del capital «autonomizado», y sería totalmente erróneo equiparar esta tendencia de la contrarrevolución con el fascismo o el nazismo; toda la humanidad que el capital «autonomizado» controlaría queda destruida o segregada. (Nota: la ideología del hedonismo producida en esta zona, y que no logra —sino con dificultad— establecerse en otras partes, participa completamente de la contrarrevolución). En épocas de crisis, la ideología de la contrarrevolución no es más que el aspecto subjetivo del trabajo excedentario, es decir, del capital liberado, de la destrucción requerida. No obstante, el tiempo libre representa simultáneamente el límite de capital. Esta ideología, por modernista que sea, choca sin posibilidad de superación con los límites del capital y se convierte en su opuesto, en la ideología de la muerte. En el capitalismo moderno, la ideología de la muerte y la ideología hedonista no son sino la expresión subjetiva de la senilidad del modo de producción capitalista. En el capital, el tiempo libre es a la vez tiempo de goce y tiempo de muerte; tiempo de goce en tanto aspecto humano del capital liberado, y tiempo de muerte porque para el capital la liberación de los capitales y la necesidad de destrucción —sobre todo del capital variable que se ha vuelto inútil, y después de todos los aspectos del capital— son indisociables. La aceptación de la contradicción fundamental que el capital reivindica para los hombres, o sea, el hecho de que la contradicción intente resolverse a sí misma, es al mismo tiempo disfrute, porque es el capital quien les proporciona este papel central y porque esta aceptación es resultado de la liberación del tiempo, pero también es muerte, ya que este papel se les otorga porque es una mercancía en descomposición que debe hacerse cargo de su propia destrucción.La guerra, la velocidad, las drogas, el aborto, son a la vez liberación, goce y muerte. «Entendemos por liberación de capital que una parte del valor total del producto, que hasta ahora debía reconvertirse en capital constante o capital variable, se torna disponible y excedentario, si es que la producción ha de proseguir dentro de los límites de su antigua escala.» (Marx, El capital, Libro III, p. 136) La desvalorización es liberación. El capital «autonomizado», a su vez, no es más que una solución de crisis, un sistema capitalista de guerra. El objetivo actual de la contrarrevolución es la destrucción total —si tuviese que enfrentarse a la revolución— o bien la destrucción para permitir una valorización superior (la única etapa superior que podría alcanzar en la actualidad sería aquella en la que proclamase voluntariamente su fin y le tendiese la mano al comunismo — ridículo), en cualquier caso, ahondar cada vez más y sin cesar la brecha entre valorización/desvalorización y desvalorización/desvalorización (fin utópico del capital). De la misma forma, el segundo objetivo tampoco puede ser sino el resultado de antagonismos violentos, al no poder desembocar —en ausencia de perspectivas de solución— más que en la destrucción total.La complejidad de la contradicción valorización/desvalorización determina la complejidad de las formas de la contrarrevolución y la posible aparición de la revolución. El carácter proteico de la contrarrevolución se desprende del carácter indisociable del binomio desvalorización/valorización, si bien la desvalorización no está difundida en la sociedad con un poder uniforme, y la pareja funciona bajo formas diferentes y necesariamente antagónicas.La disgregación de la comunidad material del capital ya era apreciable a finales de la década de 1960, sobre todo en Estados Unidos y después en Europa occidental. Esta disgregación expresaba la oposición entre valor y capital. En las zonas relativamente atrasadas, este antagonismo estalló en una crisis abierta y violenta, como en el caso del mayo francés y del mayo italiano (el comunismo era entonces una provocación); en otros lugares se produjo, al igual que en Estados Unidos, un colapso acelerado. En los países del norte de Europa, el capital intentó controlar esta reestructuración de la comunidad (la permisividad). Pero la comunidad que estalló es imposible de reestructurar, porque esta reestructuración pretendería ser una comunidad de capital sin ser una comunidad que tuviera como base el valor. Económicamente, se trató del capital ficticio, del crédito, de una base monetaria abstracta; socialmente, el resultado fue la organización de los hombres en grupos, la destrucción de la familia, de la pareja, la desaparición del individuo, de la educación escolar, de todas las formas de ser basadas en el valor. El capital no puede acceder a este modo de ser, excepto marginalmente, o sea, a través de los grupos que el propio movimiento del capital sitúa fuera del valor. Si no necesitasen ser rechazados para acceder al proceso de valorización, podría decirse del movimiento comunitario y de todos los modernismos que viven de la inexistencia social del individuo, que son movimientos «exclusivamente» capitalistas. En tiempos de crisis, es decir, en el momento en que el capital llega al límite de su dominio del valor, la reestructuración más allá del valor puede convertirse en una fuerza contrarrevolucionaria material, así como en violencia revolucionaria. Por mucho que esté en juego la abolición del valor, la reestructuración de la comunidad de la que el capital es potencialmente portador puede presentarse como una solución. Esta fuerza de la contrarrevolución procedería, en tal caso, de la actividad en la sociedad de grandes grupos cuya diversidad viene dada por el capital: negros, homosexuales, trabajadores, bretones. La fuerza de esta contrarrevolución, pero también el símbolo del carácter ilusorio de su solución, reside en el hecho de que estos grupos sociales tenderían a trascender la distinción de clase de la valorización, y en que la sociedad se volvería armoniosa. La ilusión consiste también en la superación imposible del valor por parte del capital, mientras que su fuerza reside en el hecho de que esta reestructuración podría adquirir, en una época de crisis, cierta realidad, ya que la valorización se suspendería momentáneamente.

La radicalización de la contradicción valorización/desvalorización es la fuente de una radicalización de la contrarrevolución. La contrarrevolución toma el control por la raíz, y la raíz de la contradicción valorización/desvalorización es el hombre; esta necesidad de hacerse cargo de la contrarrevolución a nivel del hombre está acompañada por la caducidad de las viejas formas políticas, y determina una disolución de la contrarrevolución en la sociedad. Esta última viene impuesta también por la desintegración de la comunidad material. Ahora bien, la contrarrevolución no puede permanecer en estado diluido; tiene que enfrentarse a la revolución o a otras fracciones de la contrarrevolución. La revolución sólo puede ser un movimiento que se unifica bajo el impulso de necesidades idénticas. Frente a otras fracciones de la contrarrevolución, es necesaria una estrategia de defensa. Ya se trate del primer o del segundo adversario, existe, por tanto, una necesidad de centralización.

De acuerdo con la diferencia que hemos establecido entre capital autogestionado y capital «autonomizado», es fácil afirmar que el capital «autonomizado» destruye cualquier otra forma de contrarrevolución, especialmente la que sigue los pasos de su adversario en su propio seno. En áreas de baja composición orgánica media, la autogestión no está en contradicción con la centralización, como demostraron los esquemas consejistas. Tanto en un caso como en el otro, queda de manifiesto la insuficiencia de cualquier forma política antigua, porque la radicalización de la contrarrevolución pone en entredicho la propia política. Los sindicatos —principalmente la CGT— actúan de una forma política, la del ciudadano productor; mientras se mantuvo pegada a la base, la CFDT[5] tuvo todas las dificultades del mundo para mantenerse como sindicato. La única forma de deliberación (política) que puede producir el capital es la que existe entre sus grupos (ver más arriba) y sus empresas. La unidad del proceso de centralización viene dada, tanto en un caso como en el otro, por su contenido: la concentración ilusoria de una relación social que la crisis despoja de toda necesidad real. Con el surgimiento de la revolución, que se presenta como un movimiento unido en torno a la abolición del valor, no es seguro que la contrarrevolución pueda unirse, ya que continúa fundada en la contradicción desvalorización/valorización (futura) y, por tanto, en los diversos estadios de la desvalorización. El choque entre revolución y contrarrevolución puede estar acompañado por un choque interno dentro de la contrarrevolución. El Estado de la contrarrevolución no puede ser diferente de las formas previas, porque no es el engranaje de una comunidad estable, sino el de una comunidad que ha estallado. Esta transformación provoca una contrarrevolución insidiosa que consiste en promover la transformación de los órganos del Estado, en administrar —dictatorial, democráticamente o de manera autogestionada— estos órganos o fuerzas del Estado, desde la televisión hasta las comisarías de policía, pasando por la Comisión del Plan[6].La necesaria transformación del poder central por parte de la contrarrevolución viene dada por la conquista del Estado por parte del capital. Al dominar el valor, este último produce una inadecuación entre el movimiento de la producción y el movimiento social, y resuelve esta oposición desembarazándose de la democracia y sustituyendo a los individuos por sus propias categorías; esquemáticamente, sustituye al parlamento por la planificación. Ahora bien, la crisis significa que la producción de la vida humana ha entrado en contradicción con su forma social; de ahí la disolución de la contrarrevolución y, al mismo tiempo, la inadecuación de las viejas formas de la política, así como su necesaria transformación en tanto concentración ilusoria de una relación social desprovista de realidad. Esta transformación (disolución, centralización) es, en esencia, el papel de los grupúsculos.Mientras que, a través de la contradicción que la constituye, la contrarrevolución puede presentarse bajo formas distintas, controlando paso a paso la desvalorización, la revolución, debido a la pareja contradictoria que ofrece, es incapaz de formarse gradualmente, ya que su objetivo y su contenido no son la valorización, sino la abolición del valor. El proletariado supone una ruptura, y sólo puede nacer en un momento de ruptura; si aparece en la sociedad no puede sino destruirla o ser destruido por ella; no puede conservarse o reproducirse. El contenido mismo de la revolución —la abolición del valor— impide al proletariado toda perpetuación en el seno de la sociedad. Antes hemos establecido las incógnitas de la ruptura revolucionaria en el carácter no ineluctable de la transición entre desvalorización/valorización futura y desvalorización/abolición. Ahora bien, al presentarse como una ruptura, el proletariado no representa el encuentro o la unión de las categorías de capitalismo. Producto de la desintegración de la comunidad material, su contenido «capitalista» —que es simultáneamente su contenido revolucionario— es la imposibilidad de la valorización y, por tanto, no puede estar constituido por categorías que pertenezcan al proceso de valorización. Pero si el proletariado representa una ruptura con respecto al proceso de valorización, la raíz de esa ruptura es la contradicción valorización/desvalorización, y la valorización imposible de un valor acrecentado sólo puede manifestarse allí donde la contradicción es más potente: en los sectores excluidos de o incorporados al movimiento de abolición, los que están al borde de la automatización, y los grandes centros industriales.El análisis de la crisis establece como aspecto central la existencia del hombre en tanto límite físico para la acumulación de capital. Habría mucho que decir sobre el intento actual de transgredir este límite, que consiste en no ver en la fuerza de trabajo más que capital circulante y no capital variable al mismo tiempo. Su naturaleza de capital circulante lo equipara a las materias primas y auxiliares; de ahí que el actual aumento de precios, que se verifica en épocas de crisis, no pueda sino contraponer las diferentes áreas de desarrollo entre sí. No obstante, esta confusión-mistificación tiene una base real: al volverse inesencial con respecto al proceso productivo, la fuerza de trabajo tiende a perder su carácter de capital variable para no garantizar más que la conservación del valor del capital constante; la circulación del capital comienza a predominar sobre la creación de valor. Esto no puede ser más que una expresión de la crisis del ciclo del capital, pero pese a ello, la confusión adquiere un contenido real. Se trata de un movimiento real —la caída de la tasa de ganancia— que tiende a reducir la fuerza de trabajo a su naturaleza de capital circulante, pese a que este movimiento no sea otra cosa que una verdadera mistificación de la contrarrevolución.Así pues, este límite que el capital no puede transgredir si no es mediante una confusión mistificadora, tiene una base real y restablece la contradicción central del capital. Esta contradicción central representada por el proletario es la contradicción inmediata de una relación social, y es completamente falso aislar la crisis de los objetos económicos que determinaría la actividad humana. La crisis es inmediatamente, en su despliegue, una contradicción; es una práctica humana, y no tiene necesidad de mediación alguna —partido, política— para ser la formación del proletariado; que la crisis sea revolución y/o contrarrevolución no depende de la existencia, de la fuerza, de una mediación política. Postular la necesidad de una mediación política representa la contrarrevolución en el sentido de que ésta requiere una transformación de la política (ver más arriba). Y es esta necesidad contrarrevolucionaria la que funda la crisis como una crisis de objetos económicos; esta visión es necesariamente víctima del fetichismo de la mercancía, y ve en la crisis, en última instancia, el movimiento de las mercancías en lugar de la reproducción de la relación social capitalista. La necesaria mediación política se convierte entonces en corolario del hecho de no concebir los objetos como resultado de la actividad humana.La teoría no es en modo alguno una mediación entre las condiciones objetivas y la práctica humana. Es una presa sobre la realidad, es decir, la teoría es un ciclo que implica su reapropiación práctica. La teoría, fijándose en un programa a aplicar, se abstrae de este ciclo (ver Les classes, en Intervention Communiste, nº 2, 1973[7]). Si la teoría es inmediatamente una presa sobre la realidad, es porque está determinada por la existencia de una clase cuyo conocimiento es conocimiento de toda la sociedad, al no tener ninguna meta particular como clase. El proletariado es la primera clase de la historia que no puede tener por objetivo su propia generalización, sino su abolición; no desarrolla ningún nuevo modo de producción dentro de la sociedad que se trata de abolir; no puede coexistir con esta sociedad. La importancia de la teoría en la revolución comunista es el resultado de esta ausencia de una base productiva en la sociedad capitalista, así como del hecho de que la revolución no es más que una posibilidad. Al tener como contenido la abolición del valor, la revolución es la reapropiación consciente por parte del hombre de su propia historia, de su comunidad; por su contenido, en su esencia, es producción teórica. Dominio/práctica de la realidad. Su contenido se identifica con sus medios, y puesto que la revolución no es el producto de una necesidad ineludible, es producción teórica y no puede renunciar a esta producción. El desencadenamiento de la revolución, al suprimir la posibilidad material de producir grandes obras teóricas (en la medida en que es más interesante hacer la revolución que hablar de ella), no por ello deja de realizar la ósmosis entre teoría y práctica; la revolución es reapropiación inmediata de la teoría porque es producción teórica. En resumen —y es en este sentido que la teoría-programa es una forma política— la teoría no es una mediación, no es el medio de la revolución, no es aquello que las fuerzas revolucionarias tendrían que asimilar. La teoría es el contenido y la producción de la revolución misma. Al abolir el valor, la revolución es, más que nunca, producción de teoría. No hay reapropiación de la teoría por parte del proletariado; la teoría no es un acto intelectual, sino una producción teórica, producción de una comprensión consciente de la realidad. La producción de la teoría llega a su apogeo con la aparición del proletariado, mejor dicho, de la historia consciente.La revolución, la abolición del valor y la producción de la historia consciente son la resolución, la superación, la negación, el sobreseimiento de la historia pasada. El capitalismo es el último sistema económico basado en la ley del valor; ha destruido los modos de producción anteriores sin poder librarse de su presuposición fundamental. El valor constituye la unidad de todos los modos de producción que preceden al comunismo. En este sentido, al sancionar la abolición del valor, el comunismo sanciona la abolición de toda la historia pasada de la humanidad. El capital, en tanto valor en proceso, conserva todas las contradicciones del valor, y ante todo la que resulta del hombre como creador de valor. Al haber convertido al hombre en mercancía que valoriza, el capitalismo es la última etapa del hombre-mercancía. Su crisis representa la oposición entre toda la creación del hombre desde los tiempos del comunismo primitivo y su existencia social como mercancía. La fuerza de la contradicción que puede permitir la superación del hombre-mercancía puede destruir los fundamentos de toda la humanidad, porque el capital concluye el ciclo del hombre-mercancía haciendo de esta mercancía particular una mercancía creadora de valor. Para el capital, el cierre de este ciclo es el cierre del ciclo de toda la humanidad, y ahí residen las fantásticas miras de la contrarrevolución con vistas a la destrucción total. Por tanto, el comunismo también reside en la conservación de todas las producciones de la humanidad pasada; el capital representa el último estadio en el que el hombre-mercancía ya no puede coexistir con su forma social, en el que la alienación ya no puede asegurar el desarrollo de aquello que aliena.En tanto desenlace de todas las sociedades pasadas basadas en la ley del valor, el comunismo efectúa la unión del individuo y de la comunidad: el hombre se convierte en un ser genérico. Al ser la superación del valor, el comunismo representa sin duda la superación de la democracia de la sociedad de clases, pero también es la resolución de la «contradicción» entre la democracia y el comunismo primitivo, así como de sus esquemas deliberativos y electivos. Al efectuar la unión del individuo y la comunidad, se suprimen los fundamentos mismos de cualquier arbitraje y, a diferencia de la «democracia» primitiva, al basarse en la abundancia, no necesita ratificar ninguna elección, ningún rechazo, ningún sistema de defensa. Cabe la posibilidad de que, a la vez que el valor, en el comunismo primitivo la «democracia» naciera en la periferia de la tribu. La democracia del comunismo primitivo está basada en la escasez, la comunidad de la que forma parte el hombre es una comunidad limitada y requiere esquemas deliberativos. La naturaleza externa no está integrada como ser humano genérico del hombre, la comunidad no es una comunidad acabada. El comunismo es la comunidad acabada y su funcionamiento es la superación de cualquier democracia.Si insistimos en el contenido de la revolución, es por poner en evidencia que el proceso de ésta no conoce separación alguna entre fines y medios. Ya hemos dicho que la abolición del valor es el contenido y el medio mismo de la revolución. Este contenido también se revela en lo que se refiere a su duración y extensión. El comunismo no desarrolla ninguna relación de producción en el seno de la sociedad capitalista, no es obra de ninguna clase que —en tanto categoría de capital— pudiera mantenerse dentro de él y extraer fuerzas para un combate prolongado. La revolución no puede mantenerse bajo el capital porque es la expresión humana de la disolución de este último. La revolución no puede ser una «guerra revolucionaria», y su fase violenta decisiva sólo puede ser de corta duración en la medida en que no posee ninguna base de repliegue en la sociedad. Si la violencia revolucionaria se transforma en un ejército revolucionario, entonces estamos ante un antagonismo controlado por la contrarrevolución tanto en un bando como en otro. Al desenvolverse en un momento de disgregación de la comunidad material, es completamente idiota querer infiltrar elementos revolucionarios en el ejército o la policía, o establecer un plan para tomar la sede de la ORTF[8]. La revolución no puede sino enfrentarse a las fuerzas armadas de la contrarrevolución, pero los fundamentos de estas fuerzas armadas podrían ser completamente distintos a los actuales, y estas últimas podrían estar constituidas por la fuerza de trabajo convertida en un Estado en armas. Por otro lado, el capital ya no dispone de esas zonas de repliegue representadas por las áreas periféricas, con las que un capital ascendente podía constituir una fuerza para aplastar a la revolución. Todas las zonas periféricas están excluidas o atravesadas por la intensificación de la relación de clase al más alto nivel de contradicción. En cualquier caso, son fundamentales dos cosas: — la brevedad del choque revolucionario; — la disolución de la comunidad del capital y, por tanto, la forma de las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias, distintas a las dominantes actualmente. Si la revolución apuntase a un choque a nivel del poder central sólo podría ser derrotada, al situarse en el terreno de su adversario. El arma principal de la revolución es la abolición del valor; así obliga a la contrarrevolución a situarse en su propio terreno, y en ese terreno socava la coherencia de la contrarrevolución, que puede recurrir entonces a la destrucción total. El problema de la «extensión» de la revolución está evidentemente ligado al de su duración. Pero para la revolución el problema no se plantea en términos de extensión, sino en términos de contenido: la abolición del valor. Esta última (ver más arriba) ya obra utópicamente dentro del capital; cuanto más unifica éste al mundo en el seno de su acumulación, más se convierte la interdependencia del capitalismo mundial en el arma principal de la «extensión» revolucionaria. No obstante, sería estúpido pensar que la revolución se iniciará en todas partes el mismo día y al mismo tiempo. Ahora bien, sería igualmente falso imaginarse un sector del comunismo conquistando el mundo. La solución del problema radica en el valor. En primer lugar, todo movimiento revolucionario, al representar la abolición del valor y, por tanto, del intercambio, tiene una tendencia inmanente a no poder permanecer aislado. Al igual que para fundar el intercambio hace falta ser muchos, lo mismo vale para abolirlo. En segundo lugar, la abolición del valor no puede manifestarse en un área determinada, sino en una situación en la que la necesidad de la abolición del valor se ha vuelto universal. Así como el valor se convirtió en una necesidad interna de la comunidad primitiva a partir del momento en que se convirtió en una necesidad de cara a la relación con el exterior, la necesidad de su abolición se hace sentir en un área determinada a partir del grado de desarrollo de la misma, pero también porque el valor ya no garantiza la cohesión de una comunidad que abarca todo el planeta. Y tercer punto importante, en el caso de que se produzca una ruptura en un punto, el movimiento de la abolición del valor se acelera necesariamente; puesto que la abolición del valor no es la abolición de objetos, sino de una relación social, este fenómeno constituye la base de la «aceleración» del movimiento comunista.La práctica de la revolución nunca es una elección táctica, de medios, sino su propio contenido. * * * Apéndice:Sobre Revolución y contrarrevolución[extracto de: François Danel, Prólogo a la antología Rupture dans la théorie de la révolution. Textes 1965-1975,Senonevero, Marsella 2003, pp. 47-49] […] A mediados de la década de 1970, todos los grupos procedentes de la difunta ultraizquierda marxista francesa estaban en crisis, al igual que sus revistas. «Invariance», que creía haber encontrado la salida en un humanismo trascendente —la «errancia» de la humanidad— se había salido de la órbita gravitacional. «Le Mouvement Communiste», escéptico en cuanto a las posibilidades de acción revolucionaria a corto plazo, había dejado de publicarse. Los integrantes de «Intervention Communiste» y de «Négation» aún estaban intentando realizar una síntesis entre la defensa de las posiciones revolucionarias clasistas y el comunismo como realización del «hombre total», y debatían sobre esta base. El problema de la reestructuración todavía no se había planteado, y se negaba que fuera siquiera posible. Pero su realidad implícita se veía reconocida por esta negación, y por el rodeo de este reconocimiento ambiguo del curso de la crisis se reanudó el análisis de la explotación, lo que desembocaría en su definición como contradicción histórica entre las clases. Esto es lo que nos disponemos a mostrar analizando el último texto de nuestra antología, Revolución y contrarrevolución, escrito por un miembro de «I.C.» Este texto, escrito en 1974, reanuda el análisis del proceso revolucionario expuesto en 1973 en Les classes. Fundado en el ciclo de la metamorfosis del valor, el capital mina su propia base, el valor. Su límite, por tanto, no es externo o cuantitativo —tamaño insuficiente de los mercados o agotamiento de los recursos terrestres— sino interno y cualitativo: es la acumulación misma. En virtud de la necesidad del propio movimiento de la acumulación, el capital llega a presentarse como el verdadero creador del valor y, por tanto, a presentarse como eternamente reproducible. Todo iría sobre ruedas si pudiera emanciparse de la ley del valor, pero en realidad sólo puede distorsionar su funcionamiento. En resumen: «Al desarrollarse y presentarse como la única fuente de beneficios, en realidad el capital no hace sino reducir el mismo plusvalor en el que, cíclicamente, está obligada a resumirse la ganancia». Así pues, y dado que la valorización es al mismo tiempo desvalorización —cfr. Marx y Mattick— la abolición del valor es la necesidad histórica del capital. Pero por muy lejos que pueda llegar efectivamente en este sentido, el capital no puede dar el paso decisivo que lo conduciría más allá, porque «en última instancia» no es otra cosa que esta contradicción en proceso. Por tanto, es el proletariado quien va a realizar su utopía, pero dado que la abolición del valor ya está inscrita en el curso histórico del capital, este es el contenido de la revolución misma, no un objetivo final. «Al acelerar su propia emancipación del valor, el capital corroe las bases de su comunidad, ya que el hombre se convierte en una mercancía inútil.»Con una cierta confusión entre especie humana y proletariado, la positividad o exterioridad de la clase revolucionaria con respecto a la sociedad se mantiene. La imposibilidad de una valorización eterna del capital no está conceptuada como una contradicción entre clases, sino que se convierte en una propiedad del proletariado, el cual se convierte de golpe en sujeto-objeto de la revolución. A partir de aquí, se hace posible plantear la abolición del valor como condición de existencia del proletariado, y la identidad entre esencia y forma del choque revolucionario como abolición del valor. Y este es el tercer momento de la demostración: la desvalorización une revolución y contrarrevolución en un mismo movimiento.Si se considera en conjunto el ciclo histórico que estaba a punto de concluir, desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta después de mayo del 68, podría decirse que la acumulación se intensificó, que mediante la reanudación fallida de los años 20 y 30 y la espantosa reestructuración de la Segunda Guerra Mundial la contradicción valoración/desvalorización se mantuvo dentro de límites no explosivos. (Esto en las áreas desarrolladas del capital, y sobre todo en Occidente; en el Tercer Mundo, la relación capitalista había asumido la forma de un «acoplamiento-destrucción» de vastas regiones, y acarreó numerosas y violentas explosiones sociales.). Sin embargo, esta valorización encontró su límite en la existencia de los hombres-mercancía, de los proletarios. Y así regresó la crisis: las ganancias reaparecieron como plusvalor y el plusvalor como plustrabajo, cuyo crecimiento había suprimido precisamente una gran parte del trabajo necesario.Por tanto, si consideramos la conclusión del ciclo, no se produjo una desvalorización controlada, sino la mera organización de la desvalorización, desde los gobiernos a las comunidades hippies. O sea, la desvalorización se pospuso para más adelante. Ahora la revolución plantea la desvalorización como la abolición del valor. Operando en modo de alternativa, excluye cualquier control parcial y temporal de áreas o sectores «liberados». En las áreas o sectores excluidos de la explotación intensiva, desde los barrios de chabolas del Tercer Mundo hasta los guetos estadounidenses y norirlandeses, la contrarrevolución ni siquiera es capaz de organizar la desvalorización, simplemente deja que sobrevenga. La única salida para los proletarios es la revuelta y la muerte. Pero el significado universal de esta peculiar imposibilidad del reformismo se afronta como la imposibilidad de una reestructuración del capital en su incipiente crisis.Dejaremos de lado las sutilezas de la construcción teórica (los tres binomios de la desvalorización), así como los detalles del análisis histórico pertinente (la contrarrevolución desde 1918 hasta después de 1968), y aislaremos los dos puntos de ruptura del texto. Por un lado, queda formalmente excluida cualquier reestructuración, pero, de todas formas, la posibilidad de una reestructuración está incluida en la afirmación de que la desvalorización une revolución y contrarrevolución. Si la desvalorización puede ser combatida mediante sí misma, y ​​si la crisis es inmediatamente una práctica «humana», entonces ninguna crisis, considerada desde el punto de vista estrictamente económico de la clase capitalista, puede ser definida como «final». Por otro lado, si la crisis del viejo régimen de explotación «fordista» no agotó la necesidad de la relación capitalista, como todos los comunistas podían creer en aquel entonces, sí destruyó los fundamentos de la afirmación gestionaria del proletariado, lo que de hecho hizo inútil cualquier mediación política y cambió la función de la teoría.

El doble movimiento de la contrarrevolución a partir de 1968 —disolución subjetiva en la sociedad como ideología del placer y concentración objetiva en el movimiento izquierdista y la izquierda sindical como reformismo «radical»— liquidó el viejo movimiento obrero revolucionario y su programa de emancipación del trabajo. En el transcurso de este doble movimiento, la teoría comunista comenzó a criticar el programa y, por tanto, a reintegrar en su propia construcción al otro actor de la relación capitalista, o sea, la clase capitalista. Es el nuevo curso de las luchas el que permite plantear la abolición del valor como abolición de todas las clases —proletariado incluido— y superar cualquier funcionamiento democrático. Al mismo tiempo, la teoría deja de confundirse con un programa a defender e implementar, lo que permite afirmar que el estallido de la revolución, al suprimir la posibilidad de grandes ensayos teóricos, realizará de todas formas la osmosis entre teoría y práctica, porque la teoría no es una mediación, sino el contenido y la producción de la propia revolución.

La conclusión de Revolución y contrarrevolución es que en la comunización no hay ninguna separación entre medios y fines. En tanto abolición del valor, la fase violenta y decisiva de la revolución sólo puede ser de corta duración, y su extensión mundial ha de ser veloz. En tanto abolición del valor, implica la intervención de pueblos que pertenecen a grados diferentes de desarrollo capitalista. Además, no puede manifestarse en un área determinada sin que el problema se sitúe a nivel global. Por último, si se produce una ruptura en un punto, ésta se acelera por el hecho mismo de que no se trata de abolir una suma de objetos, sino la totalidad de una relación social. […]

[1] Acerca de esta noción, introducida por Jacques Camatte y susceptible de interpretaciones muy diversas, parece oportuno reproducir pasajes que la definen en términos sin duda muy próximos a los del texto de I.C.:«La tendencia del capital a constituirse en comunidad material a parir de 1945, encarnada por el Estado de bienestar estadounidense, no es —obviamente— sinónimo de desaparición de los antagonismos de clase en su seno, ni de la creación de una comunidad humana real, incluso alienada. Al contrario, la necesidad del capital de formar una comunidad de este tipo en sus metrópolis es consecuencia del desarrollo frenético de sus contradicciones (huida hacia adelante con la adopción de las teorías keynesianas), y ésta tiene por contenido la atomización extrema de los individuos. […]

Hablar de “comunidad material” es dar cuenta de la imposibilidad para los proletarios “capitalizados”, de meramente tender a formarse como una clase distinta en este ciclo de posguerra de reproducción ampliada. Esta situación hace “obsoleta” la militancia revolucionaria “tradicional”, que muta en simple racketting.» (« Lip et la contre-révolution autogestionnaire », Négation nº 3, 1973) [N. del t.]

[2] Derechos Especiales de Giro. Se trata de la moneda internacional que sirve como unidad contable del Fondo Monetario Internacional. Originalmente introducida en 1969 para reemplazar el oro en las transacciones internacionales, su valor se calcula sobre la base de una cesta que comprende las principales monedas de reserva internacionales. [N. del t.]

[3] El texto alude aquí a la intersección del Boulevard Voltaire y la Place Léon Blum, en el distrito 11 de París. [N. del t.]

[4] Confédération Générale du Travail. Sindicato francés fundado en 1895, tradicionalmente arraigado en el sector de la ingeniería y vinculado al Partido Comunista. [N. del t.]

[5] Confédération Française Démocratique du Travil. Sindicato francés fundado en 1964 por la corriente mayoritaria actual del sindicato de inspiración cristiano-social CFTC (Confédéderation Française des Travailleurs Chrétiens). Hasta finales de la década de 1970, la CFDT era portadora de una alternativa sindical conflictiva al sindicalismo de la CGT, centrada en la propuesta de autogestión, que tuvo cierto éxito entre los técnicos y, en mucha menor medida, entre los trabajadores menos cualificados. Más adelante, la CFDT se orientó cada vez más hacia un enfoque de colaboración, hasta llegar a convertirse en el principal punto de apoyo para las reformas neoliberales en el ámbito sindical. Desde 2017 es también el primer sindicato en Francia, tras haber superado a la CGT en las elecciones profesionales. [N. del t.]

[6] Comissariat Général du Plan. Organismo de planificación económica no coercitivo del Estado francés que existió entre 1946 y 2006. [N. del t.]

[7] Disponible aquí en traducción italiana: http://illatocattivo.blogspot.com/2015/04/le-classi.html. [N. del t.]

[8] Office de radiodiffusion-télévision française. De 1964 a 1974, fueron las siglas del monopolio de radio y televisión del Estado francés, análogo a la RAI italiana después de la Segunda Guerra Mundial. [N. del t.]

 

 

 

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